viernes, 16 de marzo de 2018

VENUS Y ADONIS EN EL PRADO, DE M.C.



(Cae sobre el salón un rayo de luna por  un  desprendimiento del techo  que han provocado las bombas arrojadas cerca. Los bombardeos han cesado por un momento y se ha hecho un silencio tenebroso dentro del Museo del Prado. De pie, expulsados del cuadro  están  iluminados por ese rayo de luna,VENUS y ADONIS)



Venus (Mirando con asombro a Adonis y tocándole los hombros como si quisiera asegurarse de su existencia_¡Oh, querido Adonis, de  quien estuve profundamente enamorada! es para mí  el mayor de los placeres poder verte y tocarte ahora mismo, fuera del cuadro en el que estuvimos congelados durante tantos siglos. Ahora que estás vivo, tu belleza resalta más que la luz brillante de esta  luna en la noche; pero no quiero deleitarme demasiado no vaya a ser todo el embrujo de una diosa celosa te haga desaparecer . ¡Abrázame, Adonis, celebremos nuestro reencuentro!

Adonis (inclinándose sobre Venus)._ Venus, sigues siendo tan perspicaz como entonces;  me alegro muchísimo de poder tenerte aquí y acariciar de nuevo  tu cuerpo; el destino ha creado este encuentro tan maravilloso para que reconozca el tacto de tu piel.

Venus: ( Venus lo rodea con sus brazos y él responde al gesto) ¡Sabía que este momento llegaría! ¡Ahora nada se interpondrá entre nosotros!

Adonis. _Hermosa diosa, con tu dulce voz me deleito y tu sonrisa dulcemente observo; te podría decir más verdades, pero ¿ no acabas de escuchar un gran estruendo cerca de donde estamos? Debemos ponernos a salvo cuanto antes; me da la sensación de que algo malo está ocurriendo fuera de este museo.



Venus. (Venus se desprende del abrazo de Adonis  y mira hacia el techo del Museo y a su alrededor) _¡Grandes problemas se acercan! ¡Salgamos rápido de aquí! Por favor, no te separes de mí  y haz lo que te diga ¡Esto podría ser cosa del dios Marte!

Adonis. _ ¿Marte? ¿Él no fue el culpable de mi muerte ? ¡Ser tan despiadado  le hace indigno de estar honrado  en un cuadro! ¡Que tiemble cuando se encuentre conmigo! No le perdonaré que me haya separado de ti durante un tiempo tan largo.

Venus.  _Evita esos pensamientos; solo te traerán más desgracias. Tienes toda la razón, y es por eso que yo misma me encargaré de todo. Aprovecha ahora que estás aquí, de momento nuestra  prioridad es encontrar un lugar seguro.


Adonis._Es muy fácil decirlo, pero yo no lo veo así, tampoco puedo dejar que te encargues tú  de todo. Mira por la ventana, parece que están cayendo bombas por todos los lados, que poder tan destructivo, será mejor que nos quedemos aquí pues las calles están siendo arrasadas.

Venus._¡Que crueldad!,  Adonis. Tenemos que llegar a esa habitación apartada que está  ahí al fondo, con suerte quedará intacta.

Adonis._ Quien diría que tendríamos que pasar por esto el día de nuestro deseado encuentro...¡Otro estruendo ¡Mira hacia atrás! ¡La sala donde  cobramos vida acaba de ser pulverizada! Cada vez están más cerca y el polvo me niebla la vista! ¡Venus! ¡¿dónde estás?!

Venus._¡Estoy aquí !  Más adelante Adonis, ¡Cuidado!  No  te tropieces con los escombros. ¡Ven! Estira la mano y con suerte, a pesar de esta niebla, te agarraré y te indicaré el camino hacia la sala. 

Adonis._¡Aquí estás, ¡No te separes de mí! Tengo miedo; he sentido el estruendo en mi cabeza e incluso en mi piel. Si hubiéramos estado un poquito más cerca... ¡ nos hubiera matado! Esta situación no puede ser peor, y todo esto es por culpa de Marte... se ha vuelto más poderoso. ¿Él está haciendo todo esto?

Venus._ Con certeza no lo sabemos, pero  como esto siga así,  no llegaremos ni a saberlo. Adonis,  yo también estoy asustada, fíjate en mi pierna, con el estallido un enorme trozo de cristal se ha clavado en mi rodilla y ahora no puedo sostenerme bien. Adonis, sigue tú y déjame aquí; sólo seré una carga si me tienes que llevar contigo ¡ Qué dolor!

Adonis: ¡Ni en sueños te dejo aquí! Espera que te quito el cristal…

Venus: ¡No! No hay tiempo!

Adonis._ Pues te llevaré en mis brazos hasta donde sea. Ahora que te llevo en mis brazos no puedo andar muy rápido, pero lo prefiero a tener que dejarte ahí. Venus ... por si algo llega a pasarnos,  quiero que sepas que te quiero, y que fui un estúpido al ignorar todos tus consejos y advertencias, lamento  haberte hecho sufrir tanto…

Venus_No hace falta que te disculpes, ya lo harás cuando salgamos con vida, porque de momento la situación está fuera de mi control y no puedo pensar razonablemente a causa del miedo. Como esto siga así  ni en esa pequeña habitación a la que nos dirigimos saldremos  ilesos. Adonis, no quiero perderte otra vez, fuiste  mi alegría y mi tristeza,pero en este nuevo mundo no podría soportarlo de nuevo.

Adonis. _Espera, ¿ y  si nos metemos en otro cuadro?  Lo podemos lograr, a unos 10 pasos está el cuadro Las Meninas. Entramos y esperamos a que todo se calme y entonces volvemos a salir. Podemos hacerlo.

Venus._Buena idea pero creo que tengo otra mejor.

Adonis._No hay tiempo, voy a tener que dejarte aquí, el cuadro está demasiado alto para que podamos meternos, pero no te preocupes al fondo hay unas escaleras y con ellas podré alcanzarlo, será cuestión de segundos.



Venus_¡ Espera, no te separes de mi! ¡ Adonis, no!
(Una bomba cercana hizo que se desplomara parte del techo sobre el cuerpo de Adonis.)

Venus. ( Quita la viga que ha caído sobre Adonis en un intento de salvarlo) _¡Adonis! ¡Adonis!
No puede ser, ¡ Como es posible que todo haya terminado igual ! Adiós, adiós para siempre! ¡ Adonis! ¡Adonis! ¡Oh padre Urano, ayúdame!

Velázquez que había seguido la escena desde las Meninas, se asoma y alarga una mano a Venus.
Venus la acepta y se refugia en el bastidor del cuadro que Velázquez oculta a los espectadores.

El poeta Alberti entra en la sala seguidos de numerosos milicianos.







domingo, 4 de marzo de 2018

UN SIMPLE RECUERDO, CUENTO GOTÍCOMICO DE JOSU O.


Imagen relacionadaAbrió los ojos con un pestañeo intermitente, un pestañeo perdido, no sabía dónde se encontraba, tenía un dolor de cabeza constante, no recordaba lo ocurrido. Todo esfuerzo era en vano. No se acordaba ni de su nombre. ¿Quién era? ¿Dónde se encontraba?  Miró alrededor en busca de un interruptor ya que el cuarto estaba oscuro. Se levantó  a ciegas y,  tras golpearse con varios muebles, encontró el interruptor, pero no obtuvo respuesta. Por casualidad encontró una linterna y al encenderla observó que se encontraba en la sala de una casa ajena.

Antes de nada, se echó  las manos al bolsillo y vio que solo tenía la cartera; el móvil lo había perdido. Fue directo al carnet de DNI y vio que se llamaba Aitor, Aitor Suárez. Después, empezó  a mirar por los alrededores, buscando objetos para poder ir recordando cosas. Abrió  cajones, armarios… Pero sin salir de la sala, puesto que había un pasillo oscuro con una luz brillante que provenía de otro cuarto.

Seguía  buscando información valiosa, pero solo encontraba mapas y revistas de sitios a los que visitar. ¡ESO NO SERVÍA PARA NADA! Tras seguir rebuscando dio con una foto, salia él  con una mujer. La foto era en blanco y negro, estaban en una campa y era un dia soleado, puesto que la foto era clara y no oscura. La mujer tendría  unos 30 años y el 5 años. La mujer le agarraba el hombro;  una sonrisa de oreja a oreja indicaba que era uno de los mejores días y por ello se sacaron una foto.

Tras media hora de búsqueda, no logró encontrar nada, se planteó  atravesar el pasillo entero hasta la luz misteriosa al final del pasillo que provenía de un cuarto inexplorado. Cogió  la linterna y se puso enfrente del pasillo. Concentrado, no pensaba en nada malo, no quería pasar miedo, solo quería  llegar a su destino;  pero a medida que iba avanzando las cosas iban a peor: a los laterales había rasguños en las paredes, había  manchas oscuras, parecía barro y, en algunos casos,  trozos de comida pegados en la pared. ¡MENUDA CASA DE LOCOS!
También había  cuadros colgados, y muchos de ellos estaban torcidos, incluso algunos rotos, en el suelo. Tras observar ese desastre de casa, enfocó con la linterna al fondo y en el reflejo de un espejo vio como una persona con la cara blanca estaba detrás de él; no se lo podía  creer:  sus latidos iban a mil por hora, la respiración no podía ser más agitada, le temblaban las manos y al mover la linterna arriba y abajo, en el reflejo del espejo parecía que el hombre se movía detrás de él en modo burlón. Tras calmarse y no obtener respuesta del individuo, tras llenarse de coraje y valentía, se dio media vuelta y le dio un puñetazo. El l hombre cayó  al suelo haciéndose en 1000 pedazos de mármol. Solo era una escultura de la antigua Grecia.

Después de ese altercado, decidió avanzar, no tan asustado y con más confianza y con un paso ligero.

Llegó  a su destino:  estaba en la puerta del cuarto y vio que el cuarto estaba destrozado, como si una manada de ñus lo atravesara todos los días. En este cuarto, la luz tampoco iba pero había luz,  no  misteriosa, porque provenía de un ordenador  que permitía  ver todo el cuarto. Con dificultad vio la ventana que estaba detrás del ordenador, ya que le hacía  contraluz. Levantó  la persiana y vio que era un dia lluvioso, de mucho viento. contenedores por el suelo, árboles  caídos... Estaba en un pueblo y le era familiar ese sitio. Como si hubiera soñado con aquel lugar.

Poniendo la atención en el ordenador  vio que había un correo esperando a que lo abriese. Puso la mano sobre el ratón y cliqueó  aquel mensaje. Inmediatamente se abrio una pestaña que ocupaba toda la pantalla. El color dominante que pudo observar al momento era el verde, excepto una línea  que atravesaba todo el ancho de la pantalla que era roja. Siguió  la línea  roja y al final de ella ponía un nombre: AITOR SUAREZ. ¡En ese instante recordó  todo!

Estaba solo porque sus padres se fueron de vacaciones un fin de semana entero. Por eso tantos folletos de sitios turísticos. No habia luz, por culpa del  temporal que había  fuera:  un rayo tiró la torre de luz y todo el vecindario se quedó  sin luz, un apagón.
Recordó que ayer, sábado, salió  de fiesta y volvió  junto a los primeros rayos de luz. Borracho llegó  a casa y decidió empezar a hacer lo que le quedaba por terminar de literatura. Pero por el cansancio se levantó  y tambaleándose fue hasta la sala donde se despertá  hace 1h.

Tras ese recuerdo, se dio cuenta de  que eran las 00:01 de la madrugada del dia lunes. El plazo de entrega había terminado. Había suspendido literatura.

EL PENCO, CUENTO GOTICÓMICO DE Aitor S.


Corre una gélida y oscura noche de invierno en el noble valle de Aiala. Nos encontramos en Amurrio pueblo en el cual reside nuestro protagonista, Josu Ochoa. Un joven alto y esbelto, de tez morena tanto que casi se confunde en la oscuridad de la noche. Viste con un abrigo color azabache, y unos pantalones rotos por los cuales se cuela el viento de invierno. Sus manos están cubiertas por unos guantes negros y una bufanda le rodea al cuello que no dejan pasar el frío.

Ochoa camina solo por las estrechas y solitarias calles rumbo a su casa. Vive a las afueras del pueblo por lo cual hay una gran distancia entre su casa y la lonja de donde viene después de pasar un agradable rato con sus amigos a consta del cannabis. Recorre  un laberinto de calles escoltadas por árboles a sus lados, acompañados siempre de farolas que se alzan imperiales. Tiene la sensación de que se encienden a su paso.

Resultado de imagen de vestidos sin cuerpo cuadro surrealistaAl cabo de unos minutos de salir de la lonja Ochoa empieza a sentirse incómodo y a sentir que algo raro pasa. Fija su vista en una figura borrosa y de difícil percepción que se encuentra quieta a unos metros él como si de una estatua se tratara. Al de unos segundo siente como que la figura se escabulle. Rápidamente Ochoa se percata de que debía de haber sido una sombra de un árbol, o eso quiere pensar él. De repente todas las farolas se apagan al unísono y se queda totalmente a oscuras en la inmensidad de la noche.

Ochoa no le da demasiada importancia, saca la linterna del móvil y sigue su camino a casa ya más cerca de llegar. Pero al poco siente que alguien le toca por detrás y empieza a correr, y lo hace hasta llegar a la puerta de su casa. Ochoa con el corazón a mil busca las llaves de su casa y para su horror se da cuenta de que en en la carrera se le han caído del bolsillo. Su madre trabaja de noche asique no hay nadie en casa y Ochoa no tiene forma de entrar. Asi pues vuelve sobre sus pasos exhausto por la carrera y con todo el cuerpo tembloroso. Su mente no para de darle vueltas a qué puede haber sido esa figura que ha visto, por qué ese apagón de todas las farolas y por último que está seguro de que algo le ha tocado la espalda. Le horroriza la idea de pensar que ese algo o alguien pudiera seguir rondando a su alrededor. Estos pensamientos se interrumpen cuando ve algo brillante que alumbra la luz de su linterna. Ha encontrado las llaves. Las recoge y vuelve a casa de nuevo. Esta vez un poco más tranquilo porque hace tiempo ya que no pasa nada raro.


Cuando Ochoa está a punto de llegar a casa vuelve a ver la figura aterradora que había visto anteriormente. Esta vez la puede ver mucho mejor es una mujer alta y robusta con el pelo largo y un color castaño oscuro. La mujer vestía con una bata blanca entera que le llega hasta las rodillas. Ochoa vuelve a correr asustado mete las llaves en la cerradura y entra en casa.

Su casa no es excesivamente grande, lo necesario para que viva con su madre y su hermana mayor que se encuentra de Erasmus en Suecia. Tiene un estilo más bien antiguo y no es muy lujosa ya que su madre es cabeza de familia y tiene que ocuparse de sus dos hijos.

Ochoa entra en su casa pone su alarma introduciendo su clave de máxima seguridad, “FKS” y se mete en su cuarto. Asustado se cambia de ropa apaga la luz y se mete en la cama deseando que ese terrible dia pasara de una vez. Pero la pesadilla no había terminado, de repente ve una luz blanca que ilumina tímidamente la habitación. Es el ordenador que se ha encendido por arte de magia. Ochoa mira y ve que empiezan a aparecer trabajos y trabajos de literatura; “Edgar Allan Poe”, “Jane Austin” etc… En ese momento Ochoa se da cuenta que la persona que le perseguía era Ramoni, su profesora de literatura universal, para que hiciera los trabajos.. Horrorizado y muerto del miedo y sin poder quitarse de la cabeza lo que acababa de ver por fin consigue dormirse.

Al día siguiente Ochoa despierta y se da cuenta de que nada de lo vivido es cierto, y que ha tenido una alucinación a causa del cannabis y se había desmayado. Lo único cierto que había de todo era que iba a pencar Literatura.



Existencia mortal, de G.U.

Resultado de imagen de vestidos sin cuerpo cuadro surrealistaDetrás de esa vieja puerta debía de haber algo. Eris lo sabía y no intentó ni recapacitar después de pasar por aquella verde y vieja puerta. Realmente debía de tener años, ya que el poco color verde que conservaba aún  se estaba cayendo a trozos, y un color grisáceo se estaba extendiendo por ella. No tuvo que andar mucho por ese mudo bosque para encontrarse con una señal, la cual o estaba sin letras o iconos , o la neblina  hacía imposible de leerlos. La pelinegra siguió caminando con la única preocupación del posible encontronazo con una cobra. La  muchacha sería muy valiente, pero cuando un reptil aparecía, su cordura desaparecía. Se estaba haciendo tarde  y si ya tenía una visión reducida a causa de la neblina, la desaparición de los rayos de luz no la estaban ayudando en nada.La idea de darse la vuelta para volver a su vergel no le pareció una mala idea, y como si el destino no lo permitiera, un destello de luz se asomó por los arbustos, lo que consiguió que Eris diera unos pasos y se topara con un edificio.

Realmente parecía un hotel desolado, no era muy grande pero para una persona había suficiente. Además no era ese típico hotel totalmente destrozado que te muestran en las películas, sí que tenía una zona destrozada, pero su aspecto revelaba que  cuando ese hotel estuvo  en funcionamiento, estaba compuesto por dos diferentes zonas, de las que una se mantenía en muy buen estado y otra había sufrido daños.La puerta de entrada era lo único que no estaba pintada de negro; tenía un color azul claro, “una extraña mezcla de colores”, pensó, pero no le dio demasiada importancia. Abrió la puerta y se encontró con una recepción completamente amarilla, en la que el único objeto o mueble que se podía ver era una silla, también amarilla. Lo único que le llamó la atención de esa sala fue lo alumbrada que estaba, algo extraño al recordar que estaba abandonada. Siguió su camino para encontrarse  con un pasillo atestado de   puertas a ambos lados.

Cada puerta estaba numerada en orden, del 1 al 13, y cada una de ellas con nombres aleatorios como Cok y Astro.  A Eris, que era una mujer llena  de curiosidad, esto le parecía algo divertido y para nada alarmante.

Observó cada puerta atentamente y se decidió por  la puerta número 6, sin intención de seguir el orden de cada puerta. Abrió la puerta y se quedó atónita al encontrarse con una habitación completamente blanca. Se podía ver también una cama blanca a la izquierda y en la pared, un sólo vestido del mismo color, pero con la parte de abajo un poco desgastada. Ésta, amante de probarse ropa que no era de su posesión, se probó el vestido sin descaro alguno y sin pensamiento de deshacerse de él. Se dió la vuelta, miró a la pared y observó la hora: las doce en punto. De repente,  la  sacaron de sus pensamientos  un ruido atronador de varias puertas cerrándose y pasos. La puerta de la habitación en la que se hallaba se abrió, y por mucho que la muchacha deseara darse la vuelta, una fuerza extraña se lo imposibilitaba. Segundos después, podía sentir pasos apresurados acercándose a ella. Un minuto más tarde dejó de sentir esa fuerza que le impedía moverse y se dio la vuelta con inquietud. Se encontró  con un vestido marrón tirado en el suelo, con la parte de abajo desgastada, al igual que el vestido que la mujer llevaba puesto.

No pudo encontrar sentido alguno a lo que acababa de pasar, buscó por la cama, pero no encontró nada. Después de un buen rato, se le ocurrió mirar en su vestido, y efectivamente, tenía una pequeña nota pegada en la parte del escote, la arrancó y se puso a leerla, <<Por la puerta a en punto no debes salir, 60 segundos deberás de esperar>>, ¿Por qué no debería salir?, se preguntó en voz alta. Esta vez la curiosidad realmente podía con ella, así que espero a que fueran la una para poder salir y poder entender el por qué no debería salir.


Quedaba solo un minuto para que fueran en punto, así que salió al pasillo y espero ahí un minuto. Llegó la hora y al momento de escuchar otra vez el mismo ruido de antes, miró a su derecha y se encontró con otros 5 vestidos de diferentes colores, morado, negro, rosa, amarillo y verde, los cuales actuaban como si alguien los estuviera utilizando, solo que no los llevaba ningún cuerpo.  Cuando al vestido de su derecha le tocó pasar a la habitación en la que ella se estaba alejando, este pareció enfurecerse de repente y apresuró su paso, casi corriendo para llegar a ella.Intentó correr, pero no podía moverse, y con lágrimas en los ojos, esperando a que pasaran los 60 segundos antes de que algo trágico ocurriera, cerró sus ojos, y los cerró para siempre, esperando a esos 60 segundos que nunca llegaron

VENGANZA DIVINA, DE J.M

Estaba anocheciendo, el viento sonaba con fuerza, no había nadie en la calle; solo se hacía  notar la fuente goteando sin cesar en mitad de la plaza. Gota a gota pasaba el tiempo como los segundos en el reloj de la iglesia .

Resultado de imagen de el retrato oval Desde  su ventana Samuel observaba la avenida. La presencia de esa casa en ruinas le  atraía como un imán; le atraían  sus escalones cubiertos de telarañas, sus barandillas rayadas por el tiempo y la madera de sus puertas  agujereadas  por  roedores. Desde su ventana se sentía  el  espía   o el detective de algún suceso terrorífico. Como cada noche, no pudo vencer la atracción y  atravesó la avenida hasta llegar a los escalones de caserón.

Esa noche  se encontró con el pomo de la puerta arrancado como si alguien hubiese invadido su interior violentamente.  Una vez dentro, subiendo las escaleras  hacia el lugar donde cada noche se acurrucaba, escuchó unos ruidos tenebrosos y lastimeros que a medida que se acercaba  a su escondite  se hacían más intensos. A través de la enorme mirilla de la puerta pudo observar la sombra de una figura alargada arrancando los periódicos antiguos que forraban la pared. Atónito con lo que veía y conteniendo la respiración  observó que la figura se acercaba a un cuadro que estaba colgado en la pared  y  que representaba la imagen de una dama; Samuel la  saludaba cada noche como si fuese el único testigo de su presencia allí. El extraño visitante extrajo  de detrás del cuadro una urna crematoria.
El miedo y la incertidumbre anidaron  en el cerebro de Samuel. Nadie del pueblo  tenía información alguna sobre  la desaparicón de la dama del cuadro; nadie sabía por qué abandonó el lugar.
Quizá lo que a él le atrajera de la casa era ese misterio sin resolver y la esperanza de resolverlo un día.

La figura alargada se fue empequeñeciendo a medida que se acercaba  a la claridad de la ventana ; por la mirilla  sólo podía  percibir sus delgadas y finas manos donde resaltaba el brillo de un sello colocado en el dedo meñique de su mano derecha. Enseguida vino a su mente la imagen de Don  Anselmo, el cura del pueblo. Pero, ¿qué contenía la urna que había  extraído de detrás del cuadro? ¿Serian cenizas de restos humanos? A Samuel, en ese momento,  le recorrió  un escalofrío  por todo el cuerpo;  le entraron ganas de abrir la puerta y descubrir quién era el misterioso personaje y qué  estaba escondiendo, pero un golpe seco hizo que el miedo de Samuel se convirtiera  en terror. Escondido en el rellano de la escalera esperó con su cuerpo tembloroso a que la figura sin rostro saliese de la habitación. Samuel enseguida se dio cuenta de que el viento había  sido culpable de tal ruido. Bajó corriendo  las escaleras y salió por el portón. No había recorrido ni cinco metros cuando se dio cuenta de que había dejado su linterna olvidada dentro.

     Esa noche Samuel no pudo conciliar el sueño y agarrado a su almohada no paraba de preguntarse si era verdad lo que había visto o era un sueño.  A la mañana siguiente, Samuel acudió a la iglesia como un domingo más. Esta vez no solo iba a hablar con Dios, iba a descubrir alguna pista que se relacionara con lo vivido la noche anterior. Cuando Don Anselmo salió de la sacristía y se colocó en el altar para dar su homilía, Samuel descubrió la única pista que le identificaba como el autor de los hechos. Don Anselmo,  mientras daba el sermón a sus creyentes,  pasó  la hoja de la Biblia con aquella mano en la cual brillaba el  mismo anillo que Samuel había visto la noche pasada en la habitación de la dama.
     
   Samuel, camino de  su casa,  se encontró con un anciano   Por llevar compañía decidió  acercarse a él y en el trayecto hablaron largo rato de la casa abandonada. Habló de la dama del cuadro como ejemplo de mujer hermosa elegante y adinerada  que tuvo muchos amantes. Incluso decían que alguno de ellos fue el causante de su desaparición ya que su belleza fue motivo de muchos corazones rotos.

    Llegó el joven  a su casa satisfecho y preocupado a la vez ya que parecía ser  el único conocedor del autor y de las causas de la muerte de la dama.  Esa noche volvió  a la casa abandonada y nada más entrar una luz cegó sus ojos. No pudo ver el rostro de quien sostenía la linterna, pero sí
escuchó  una voz que le decía: “ Sé lo que te atrae de esta casa, como ha atraído a tantos.” La luz  se acercó a Samuel y prosiguió “pero la única forma de ver de verdad a la diosa que habitaba  la casa  es esta”. Y  una cuchillada atravesó el corazón de Samuel.

                                                               

EL ÚLTIMO HOGAR DE LOS BELLENDEN, DE I.P.


Bianca y su hermano mellizo, Lucas, se dirigían en coche al que sería su próximo hogar. Lo único que ocupaba sus jóvenes mentes era el número de veces que habían hecho ese mismo camino. Se sentían abrumados. Era el tercer "familiar cercano" al que visitaban ese mes y como  de todos los anteriores solo esperaban que éste también saliera despavorido.

Habían pasado ya dos años desde el misterioso incendio de la villa Bellenden en que  fallecieron sus padres  y habían empezado su deambular de familia en familia. Sus padres provenían de la nobleza,  pero  ninguno de sus parientes  mostraba los modales caballerescos  que se suponía distinguían a esta clase social. Uno a uno fueron negándose a hacerse  cargo de los huérfanos.

Imagen relacionadaDe nuevo  Bianca veía cómo el coche estacionaba frente a una antigua casona de  ambiente demasiado  lúgubre para su gusto. El temporal tampoco ayudaba: el día  gris  había reemplazado  al soleado cielo bajo el que habían  iniciado  el viaje y  una  fuerte lluvia  tintineaba sobre el  techo del vehículo. En la parte trasera del  mismo,  Lucas examinaba  la casona con  mucho detalle:  esta constaba de dos pisos y un desván  que  tenía una pequeña ventana circular  bajo el  alero. La casa se veía tan desgastada  y descuidada  como el parque que la rodeaba. Lo que más sorprendía a Lucas eran las ventanas polvorientas y de cristales oscuros  que le daban al lugar un aura maligna.  Al muchacho le  recordaban  las casas encantadas de los libros que él tanto amaba leer. La Sra. Perkins, la agente de servicios sociales,  desbloqueó el coche para que los niños salieran. Tras llamar al timbre, la vieja puerta de la casona se abrió  y apareció a sus ojos  un chico de cuerpo larguirucho.



 Buenas tardes, mi nombre es Amanda Perkins y trabajo para los servicios sociales. Llamé hace unos días anunciando de mi visita a la señora y el señor Giddens.
-Muy buenas,  señora, en efecto los señores la están esperando en el salón.
-Gracias.

Los mellizos y  la Sra. Perkins, precedidos por el sirviente,  se adentraron en el domicilio, con los ojos maravillados por  todo:  el exterior no dejaba presagiar   el lujo y la ostentación  del interior de la mansión.  Mientras avanzaban hacia la estancia principal, Bianca registraba con su mirada todos los muebles caros y decoraciones  suntuosas  que los rodeaban. 

Por fin, aparecieron ante ellos  dos altas figuras que parecían sacadas de un cuadro de época.El señor y la señora Giddens, con un elegante gesto, indicaron a sus invitados que se sentaran en  un sofá tapizado de raso azul.


-Muy buenas- dijo Perkins- soy…
-Sabemos de usted señora Perkins - comentó arrogantemente el señor Giddens- hemos hablado antes por teléfono.
-Estamos encantados de que por fin estéis aquí,  niños;  teníamos muchas ganas de conoceros- dijo la señora Giddens rápidamente - Disculpad a mi esposo; en ocasiones resulta un tanto brusco, pero no siempre es así.
Este pequeño gesto tranquilizó a los dos jóvenes, que ya temían que sus futuros tutores fueran unos tiranos.
-Bueno… comenzemos. Según tengo entendido ustedes están de acuerdo con que los niños se queden a su cargo.
-Así es, nada nos hará  más felices que los mellizos formen parte de nuestra familia. ¿No es cierto, Howard?
La atenta mirada del hombre dejó de analizar a los dos críos para dirigirla a su esposa, a la que amaba si había que creer  el brillo de sus ojos al mirarla.
-Estás en lo cierto querida, nada nos hará  más felices.- de nuevo, dirigió  una intensa mirada a los niños, que, temerosos de lo que ese hombre  querría de ellos, no formularon ni una sola palabra-.


Tras finalizar el papeleo estipulado para la adopción, los hermanos fueron llevados hasta la que, desde ese momento,  sería su nuevo hogar.  Fueron avisados unos minutos después para bajar a cenar.  Bianca no paraba de temblar por los nervios, Lucas,  en cambio,  estaba  calmado.
La cena fue tranquila a ratos, todos participaron en la charla dando a  conocer sus opiniones y gustos.  La Sra. Giddens se esforzaba por  que los Bellenden se sintieran  a gusto. El señor Giddens, en cambio,  pasaba de la cordialidad al desprecio sin que hubiera causa aparente para ello.

Los días posteriores a la llegada de los hermanos el comportamiento del Sr. Giddens empezó a  ser menos amenazante y terminó ,al igual que su esposa, cayendo rendido a los encantos de los Bellenden.
Los días fueron transcurriendo. Poco a poco los mellizos  estrechaban  lazos con Marta y Howard Giddens, sintiéndose  protegidos y queridos después de estos años de orfandad.Pero no todo era felicidad en la casona Giddens, pues estos  se comportaban a veces como quienes guardan un secreto.

 Este secreto, sin embargo, sería descubierto. Si algo distiguía a los mellizos era su osadía y su inmensa curiosidad, y  en esa casona  no faltaban rincones donde escudriñar.

La primera en chismear fue Bianca que  no podía  resistir  la tentación de desvelar  un misterio.  Desde el primer día, la muchacha  se había preguntado qué escondía aquel polvoriento desván. Los señores Giddens lo mantenían  bajo llave sin dejar nunca que los hermanos se acercaron a aquella puerta.  Lo que iba a suceder sucedió por casualidades del destino y  por  una cualidad poco común  de los dos mellizos, que era  abrir cualquier puerta fuera cual fuera su tipo de cerradura.  Con la ayuda de unas tenazillas Bianca comenzó a forzar la cerradura  herrumbrosa  de la puerta del desván y estaba a punto de que esta cediera  cuando  escuchó unos pasos que provenían de las escaleras.  La joven, asustada,  se escondió tras una columna y espero lo peor. Aquellos segundos en que recordó la mirada penetrante del señor Giddens  cuando les  advertía sobre aquel desván,  se le hicieron muy largos.
Bianca  apenas  podía respirar por el terror,  cuando, de repente su hermano Lucas  apareció detrás de la columna dándole un susto de muerte.

  
-¿Qué haces ahí escondida?-le preguntó Lucas-.
-¡Dios!,  Lucas, pensaba que había llegado mi final. Estaba forzando la puerta del desván. Hay algo en esta casa que me huele mal.
-¿Hablas de “la puerta prohibida”? Nos matarán, Bianca. Pero ya sabes que la curiosidad la llevamos en la sangre, hermana. Vamos, entremos, ¿a que esperas?
-Las niñas, primero,  Lucasito.

La mugrosa puerta chirrió y un olor putrefacto llegó a sus fosas nasales nada más entornarla. Sin más escrúpulos, los mellizos comenzaron a husmear entre los distintos objetos del desván:  muebles victorianos, cuadros y todo tipo de chismes extraños  atestaban  el desván. Una densa capa de polvo cubría todo y un olor a humedad, pero lo que más  inquietante era aquel olor pútrido del comienzo que no se disipaba. Tras un buen rato de husmeo, Bianca halló en la parte trasera del desvan un cúmulo o de sábanas que tapaban lo que parecía ser un objeto enorme. Sin esperar ni un segundo más, Lucas quitó la sábana de encima de los bultos. Los cadáveres   medio descompuestos  de  los señores Giddens  yacían frente a los horrorizados Bellenden.  Los dos cuerpos habían sido degollados y  golpeados de manera feroz.

-Si los  verdaderos señores Giddens están muertos.  ¿Quiénes son esos?, preguntó Lucas


Pero ya era demasiado tarde para que encontrar  una respuesta  que sirviera de algo:  la puerta del desván se cerró para  siempre   y  los mellizos encontraron por primera y última vez en sus vidas una cerradura  que eran incapaces de abrir.




viernes, 2 de marzo de 2018

ANGUSTIANTE, DE M.C.

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Estaba a punto de arrancarme los ojos de las cuencas cuando me di cuenta de que el coche,  por un recalentamiento del motor, se había detenido en medio de la nada. Tan grave era mi angustia que  le di a la palanca de marcha unas 50 veces seguidas, haciendo de mis dedos una especie de papilla callosa y  consiguiendo lo que era predecible, nada. No podía ni pensar en qué  hacer: estaba lejos de casa y el reloj  marcaba la hora de la cena.Dentro de una hora serían las 10  y para ese momento tendría que haberme cepillado los dientes, haberme puesto el pijama, estar en la cama a las  10,05  y conciliar el sueño a  las 10,10. Muchos me llegaron a decir que si hubiera tenido hermanos o algún amigo lo bastante  cercano para contarle que dormía con los pies al aire, me hubiera vuelto más sociable y menos rutinario, cosa que  dudo, ya que para un paciente con el  síndrome de Asperger como yo, eso  era  totalmente  imposible.

Un olor nauseabundo empezó a colarse en el coche a través de los conductos de ventilación. Me dieron arcadas, que   intenté disimular por si,  por  una remota  casualidad, alguien que anduviera por ahí me viera hacer un gesto tan desagradable.Finalmente, tomé la decisión. El olor no cesaba y tuve que salir del coche en busca de  algún sitio en  que refugiarme.  Estaba bastante angustiado por esta idea; no me hacía ni un pelo de gracia. Anduve unos 200 metros hasta que hallé ante mí  una casa lo suficientemente grande como para ser confundida  con un hostal.

Me paré unos segundos, reflexioné y como siempre hacía, pensé, por lo que decidí que lo mejor sería no entrar.Busqué a mi alrededor  algún sitio cubierto  que no me obligara a  ir más allá  de los 157 metros y, que   estuviera obligatoriamente sin bichos. No podía soportar  pensar siquiera en la existencia de algún insecto volando -o lo que fuera que estuviera haciendo  ese cuerpo o esqueleto diminuto lleno de pelos -. Para colmo, de repente,  empezó a llover.  No es por exagerar, pero la lluvia estaba en el cuarto puesto de las cosas que me eran más irritantes y angustiosas: el contacto con el agua me producía arcadas, que  tendría que disimular.  El tercer puesto,  en cambio, lo ocupaban esos seres diminutos que me angustiaban tanto.Me callo el segundo puesto. El primero lo ocuparía la terrible decisión que sin darme cuenta, estaba a punto de tomar.

Tras  reflexionar de nuevo, decidí entrar en el caserón  pese a que careciera  de   ventanas por las que penetrara algo de luz.  No me costó entrar ya que la puerta estaba abierta. Dentro del edificio  empleé la luz de mi teléfono móvil, obviamente sin cobertura, puesto que si hubiera tenido cobertura, habría llamado a  alguna grúa para que me llevara a casa. El recibidor y el pasillo no parecían estar en mal estado, ni tampoco encontré insectos ni telarañas, por lo que me aventuré a seguir  adelante.  Andados unos 30 metros, encontré una habitación con una cama, y a causa de mi condición y un sueño prematuro, decidí  coger los periódicos que llevaba  en la mochila para así poder tumbarme sobre ellos y descansar. A pesar de  que pensar en mi mala suerte me mantuvo despierto una hora, al final el sueño me venció;  pero ¡qué rápido se pasa el tiempo cuando uno está dormido!:  parecía que habían transcurrido segundos cuando  me desperté a las 3.00


Bruscamente abrí los ojos, alterado por la sensación de alguna presencia dentro de la habitación, una presencia  muchísimo más grande que la de un bicho. Empecé a sudar e hiperventilar. Mientras miraba  las patas de hierro de la cama podía escuchar los latidos del corazón a una velocidad exorbitante, cada vez más fuertes, cada vez más angustiantes.

Esa presencia se hacía más grande, más cercana, más peligrosa. Entonces, como alma que lleva el diablo, me levanté y salí de la habitación dispuesto a huir de aquel lugar.  Esa cosa estaba detrás de mí y tampoco me atrevía a mirar hacia atrás. No cometería el mismo error que en primero de la ESO cuando unos de mi  clase me llamaron y tan pronto como me paré y miré, me lanzaron una mosca muerta. Empecé la cuenta  atrás  de los 30 metros que había recorrido para llegar a la habitación; al llegar al metro cero una intensa sensación de sofoco  y terrorse apoderó de mí  y me quedé paralizado por 34 milésimas de segundo. El recibidor no estaba... la puerta no estaba. Grité. Una sensación extraña recorrió mi cuerpo, e inmediatamente, pese  al irrefrenable  miedo que sentía ,seguí adelante, intentando escapar, ser libre.


Para cuando me di cuenta, el estado en el que se encontraba el edificio había cambiado drásticamente. Encontré paredes rotas, grietas, polvo, restos de papel en el suelo e incluso lo que parecían ser restos de uñas, haciendo de mí un ser  por el  que Dios no mostraba piedad. No veía el final del pasillo,  tenía que encontrar el final del pasillo y salir de ese lugar, o  de lo contrario, me iba a  estallar el corazón: no soportaba, no podía soportar lo que me estaba pasando.La angustia me dominaba.

A  los 20 metros de ese largo pasillo  contemplé una luz intensamente blanca que eclipsó todos mis sentidos  hasta entonces sumergidos en la oscuridad.  Me dirigí directamente hacia ella, sin pensarlo, me dirigí, sin pensarlo.

Habían recorrido  24 metros cuando observé que la luz era más grande, seguía hiperventilando y sentía una presencia justamente a mis espaldas.
Con el corazón a cien seguí corriendo hacia la luz, perdida la cuenta de los pasos que inevitablemente  contaba  siempre que estaba en algún lugar desconocido; seguí adelante.

El pasillo se estrechó, aparté las telarañas y seguí adelante, pasé por encima de un charco que tenía el agua embarrada  que  se metió  en mis zapatos;  seguí adelante mientras que los nervios me impulsaban a  morderme las uñas, llegando incluso a sangrar por los enormes trozos que me llegué a arrancar.

La luz brillaba, cada vez estaba más cerca, no me lo podía creer, por fin…. ¡POR FÍN!  Escuche una risa ahogada,  mas no me di cuenta de que había salido de  mis propios labios. Pasé de largo una habitación que se encontraba a  la izquierda de las destrozadas paredes del corredor, llenas de suciedad.  ¡Ah! exclamé. Y así es como  me di cuenta cuando me adentré en esa luz que cubrió todo. Solo me di cuenta en ese momento, y pensé que si no hubiera perdido esas 34 milésimas de segundo quizás hubiera seguido con vida, y puede que hubiera llamado a una grúa, y llegado a mi casa, en la cual lo primero que hubiera hecho hubiera sido meterme en la cama y cubrirme con las sábanas, excepto los pies; solo  hubieran bastado 34 milésimas de segundo  para llegar a la puerta trasera que daba al exterior, en cambio, en esas 34 milésimas   a esa cosa le dio tiempo a tomar el control sobre mi, por lo que mi conciencia  fue desapareciendo cada vez que me acercaba a la luz que mi propia mente había creado, una luz que reflejaba la distancia del fin de mi ser y el surgimiento de un nuevo ciclo en el que una bestia salvaje con un cuerpo inocente seguiría cometiendo atrocidades hasta el fin de sus días. Aguardaría  su padecimiento en esta misma casa  y en esa misma habitación donde yo dormí  tan despreocupadamente  y su espíritu, o cualquier cosa que fuera esa cosa que sentí, volvería a inclinar la balanza de la suerte, haciendo que otro joven, probablemente sin el síndrome de Asperger, cayera otra vez en su telaraña.




lunes, 26 de febrero de 2018

El espejo, de A.G.

Laura era una chica orgullosa, no muy buena amiga; le gustaba hacer bromas de muy mal gusto. Una chica con muy buen aspecto, pero con una extraña fijación con los espejos: no podía parar de mirarse en ellos.

Resultado de imagen de espejo rotoUn día como otro cualquiera, decidió retar a sus amigos y compañeros de instituto. Este reto consistía en visitar una casa que llevaba 43 años abandonada y en la que habían desaparecido varias personas.    Como toda casa abandonada, estaba muy deteriorada: la luz estaba cortada, la maleza crecía por doquier, sus muebles estaban empolvados, la madera carcomida, el tejado lleno de goteras...

Esa casa tenía dos plantas y un ático muy amplio, que estaba cerrado desde que se fueron los último inquilinos.El escenario era perfecto para la broma de Laura. Pensaba llegar antes  que sus víctimas para poder preparar cada detalle.
Ella llegó una hora antes. Fue colocando todas las trampas  por la planta baja, luego siguió con el piso superior: allí estaba cuando, de repente, al final del pasillo escuchó el rechinar de las ventanas  golpeadas  por el viento. Después vio un fugaz brillo por debajo de la puerta y decidió abrirla muy poco a poco. Según la abría, sintió un ligero cosquilleo en los pies, bajó la vista y de pronto, dos ratas salieron corriendo del cuarto oscuro. Soltó un grito agudo y saltó hacía atrás con pánico. La puerta acabó de abrirse produciendo un sonido terrorífico.

Controlando como pudo sus nervios, decidió entrar  despacio en la habitación del fondo y enseguida notó, por la decoración, que era la habitación de una niña: estaba llena de muñecas cubiertas de telarañas; un peluche, negro y carcomido por pequeños mordiscos de ratas,  estaba recostado sobre la vieja cama. Al fondo, había un gran espejo  luminoso  en el que Laura era incapaz de no mirarse.

Dejó todas sus cosas a un lado; solo le faltaba esa habitación por colocar las bromas. Sin pensarlo,  se acercó al espejo y empezó a posar frente a él. Repentinamente, empezó a sonar  el cuco de un anticuado reloj de pared.  Ya eran las 12; entonces Laura se giró hacia la puerta pensando que sus amigos habrían llegado ya.

Al volverse hacia el espejo, tanto Laura como la habitación se quedaron paralizados.Lo que Laura tenía enfrente era el espíritu de la niña que habitó en esa habitación hacía 55  años: estaba muy delgada, tenía el pelo largo y muy oscuro, las uñas desgarradas como si hubiera destrozado algo con ellas antes de morir. Empezó a abrir la boca y a hacer ruidos extraños.  Magenizandola con la mirada se apoderó  del alma  de Laura y la encerró  en el espejo.

La niña misteriosa  se asomó por la ventana y vio un grupo de amigos, los amigos de Laura que pronto pensaron que la broma consistía en dejarlos plantados  y se marcharon.  El fantasma de la niña  los vio marchar y miró hacia el espejo; con un joyero  macizo lo rompió dejando a Laura repartida en pequeños trozos de cristal. Solo si alguien los  recomponía  como si de un rompecabezas se tratara tendría la muchacha una oportunidad de volver a la vida;  quizá alguna vez alguien lo hiciera, pero era poco probable. Unos americanos ricos compraron la mansión y los trozos del cristal dispersos  acabaron  triturados  en un lejano vertedero de Dakota.

sábado, 24 de febrero de 2018

Un minuto: todo, nada... de M.P.



Tuve un sueño, que no era del todo un sueño
El brillante sol se apagaba, y los astros
vagaban apagándose por el espacio eterno,
Sin rayos, sin rutas, y la helada tierra
oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna;
La mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo consigo el día,
Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
de esta desolación; y todos los corazones
se congelaron en una plegaria egoísta por la luz

( Lord Byron)


Recuerdo que era jueves y que era invierno. Esa noche tuve un sueño que no era del todo un sueño. Como despierta un picotazo, así me despertó a mí un escalofrío súbito que me recorrió fulminante la espalda. Instintivamente me tapé la cabeza  con las mantas procurando que  ningún poro de mi piel quedase en contacto con el aire gélido de la habitación; de inmediato volví a cerrar los ojos con fuerza a ver si el calor de las sábanas me devolvía el sueño perdido. Llevaba un tiempo con dificultades para dormir más de cuatro horas y, una vez más, el insomnio se había aliado con el nihilismo más autodestructivo para hacer insoportable la última hora de la noche.

Observé de cerca el reloj de la mesilla. Las luces de LED indicaban las 6. 20. No sé cuánto tiempo pasó hasta que me incorporé sobre los almohadones. Tras un tiempo de cavilaciones, decidí que era mejor salir de la cama pese al frío. Pulsé el interruptor de la luz una, dos, diez veces, pero no funcionaba.

Entonces me dirigí a tientas hacia la ventana; buscaba ,entre las tinieblas, la luz de las farolas que a aquellas horas de la noche deberían estar aún encendidas en la calle a la que daba mi cuarto. Durante el trayecto tropecé con algo que no conseguí distinguir. Al fin, llegué a la ventana o, mejor dicho, al lugar en que debería haber una ventana.


El miedo intentaba disuadirme de un pensamiento que cobraba fuerza en mi mente: no me encontraba en mi habitación. Sentí náuseas. Mis ojos intentaban adaptarse a aquella oscuridad, cuando, de pronto, escuché un sonido metálico. Una banda de luz cruzó la habitación. Provenía de una gran mirilla en forma de ojo sin párpado.


Me sentí totalmente desorientada. La puerta se abrió en medio del silencio y la mirada brillante y fría de un ojo me inmovilizó durante unos segundos, hasta que su dueña, si es que la tenía, la volvió a cerrar sin ruido alguno. La luz se esfumó dejándome otra vez sumida en la oscuridad de un cuarto que -ya estaba segura- no era el mío. Aquel ojo no me había mirado ni con odio ni con ningún otro sentimiento reconocible y eso era precisamente lo que me aterraba.


Permanecí paralizada durante algún tiempo hasta que conseguí reaccionar y comencé a golpear la puerta con furia. No sé cuánto tiempo arremetieron mi puños contra ella, pero sentía que mis nudillos ardían mientras el olor a sangre, a mi propia sangre, me invadía los sentidos en oleadas nauseabundas.


Comencé a aspirar con ansiedad el aire, como si alguien se lo estuviera llevando de la habitación. Me ahogaba, me ahogaba como un pez al que le han vaciado de agua la pecera. Movida por la desesperación, rodeé la habitación palpando las paredes con mis manos ensangrentadas, buscando una rendija, una grieta por donde respirar; buscando alguna manera de salir de aquel cuarto que- ya estaba segura de ello- no era mi cuarto. Escuché pasos y corrí hacia ellos, hacia la puerta, pero la oscuridad no me permitía distinguir nada; tropecé golpeándome la cabeza.


Desperté tumbada en una cama y cubierta de sudor. En aquel lugar ajeno, descubrí  una ventana. A mi izquierda, sobre una mesilla, brillaban las velas de un candelabro dorado  y barroco que iluminaba la habitación con luz vacilante. ¡Luz y aire! Por unos instantes sentí cómo el entusiasmo subía por mi garganta y acababa en un grito de júbilo como si mi plegaria por la luz y el aire  sí hubiera sido escuchada. Tras forcejear un rato, conseguí retirar el postigo  herrumbroso de la contraventana. Entonces descubrí con horror que tras aquel resguardo metálico no se encontraba ningún parque, ninguna calle, ninguna realidad, sino un boceto inacabado de  un paisaje de invierno.

No era posible. La negra quietud de aquellas ramas fantasmagóricas me aterrorizaba. La saliva me sabía a metal y a bilis. Podía escuchar cómo silbaba el aire tratando de entrar en mi pecho. Las luces de las velas eran cada vez más débiles  hasta que una a una acabaron extinguiéndose. De nuevo, la oscuridad.



En ese mismo instante, con los restos de humo aún huyendo de la velas, se abrió la puerta. Una figura difusa comenzó a acercarse. El horror paralizaba mis músculos. En aquella vaga silueta distinguí una enorme sonrisa que me permitía ver todos y cada uno de sus dientes. Tras aquella boca se encontraba la más absoluta oscuridad. A medida que se acercaba me parecía cada vez más inmensa. Podía notar cómo aquella oscuridad me borraba del mundo. Y entonces: la nada. La más aterradora nada. Miré a mi alrededor, pero solo encontré ausencia. Un lejano eco comenzó a sonar acercándose.Retumbaba cada vez más fuerte en mi cabeza. Era un sonido repetitivo y artificial: Pi-pi, pi-pi, pi-pi… Llegó a sonar con tal intensidad que comencé a retorcerme en el suelo mientras apretaba mis manos contra los oídos En mitad de aquel tormento, abrí los ojos. Me encontraba en mi habitación. Estaba jadeando. Una gota de sudor recorría mi cuello. Dirigí la mirada hacia el reloj de la mesilla… las 6,19. Recuerdo que era jueves y que era invierno. Probablemente me volví a quedar dormida hasta que me despertó un escalofrío súbito que me recorrió fulminante la espalda como un picotazo. Instintivamente me tapé la cabeza  con las mantas procurando que  ningún poro de mi piel quedase en contacto con el aire gélido de la habitación.




                                                                                                        M.P.

viernes, 23 de febrero de 2018

La ventana de la eternidad, de M.E.




Mystic castle in the night with moat
Cansada de la rutina, había  decidido cogerme una semana de vacaciones y hacer un viaje a Francia. Allí conseguiría encontrar la tranquilidad y la soledad que tanta falta me hacían. El pueblo al que me dirigía  contenía todo lo que buscaba. Había pasado algunos años de mi fría infancia allí, con mis abuelos, porque mis padres murieron en un extraño accidente, a la salida del pueblo, cuando yo tan solo tenía cuatro años. Mis abuelos intentaron quererme  como si fuesen mis padres, pero por algo que había dentro de mí o  tal vez  dentro de ellos  nunca los vi así y eso  hizo  que me sintiera ajena a la familia. Sin embargo, el pueblo seguía atrayéndome como un imán.

El  23 de febrero  fue  el día en que me dispuse a realizar  el deseado viaje; esperaba no olvidarme de nada  porque allí no había más que una tienda.  Lo malo era que al estar en plena montaña, no había cobertura; esperaba que no me  pasara ninguna historia rara como las que solía leer en las que una persona pasa por el monte y no se la vuelve a ver, al menos, en este mundo.


Me disponía a arrancar el coche cuando alguien  dio  un golpe en la ventanilla y me asustó. Era mi vecino; ese hombre  tenía problemas psicológicos desde que lo conocía. Era un hombre simpático y de apariencia tranquila, pero debió de consumir alguna sustancia que lo trastornó. No le quise  dar importancia, no creí  que lo hubiera hecho con mala intención. Solo habría querido saludar; sin embargo,  la aparición de aquel hombre siempre traía mala suerte y no solamente a mí.


En la carretera todo estaba tranquilo, no había tráfico, lo malo era que había una niebla espesa que me impedía ver claramente, pero si iba despacio no me pasaría nada. Tras horas de conducción por aquella carretera solitaria y llena de curvas, después de una cuesta pronunciada distinguí  a la luz de los focos un perro vagando por un lado del camino; decidí  parar para ver qué le ocurría al pobre animal. Salí del coche y  me aproximé al perro que ni se movió al sentir el haz de luz de mi linterna.  Parecía malherido; no había  querido tocarle de momento, pero me daba  pena porque daba la sensación de que había sido abandonado o maltratado. Lo toqué y él  respondió a mis caricias con pequeños lengüetazos; no parecía agresivo. Me decidí  a llevármelo; supuse  que me haría buena compañía y él agradecería que alguien lo hubiera  recogido.


Después de hacer varios kilómetros, tras una breve parada, giré a ver qué tal  iba Argos; había decidido ponerle ese nombre porque el perro que tenía en casa de mis abuelos cuando era pequeña, se llamaba así. En realidad, allí todos los perros se llamaban Argos. El perro se encontraba adormilado, con las heridas sangrando todavía; se las iba  a curar cuando llegáramos. Había hecho 250 kilómetros y ya faltaba  poco para llegar, pero noté  que el coche me estaba fallando; todo  había ido bien hasta entonces, pese a la niebla y la oscuridad del camino. No sabía qué le había podido pasar a los frenos. No respondían siempre. Menos mal que el pueblo estaba ya  a pocos kilómetros. Aparqué  junto a una fuente,  contra  un árbol  que recordaba de mi infancia y  entré en el pueblo con Argos en brazos .   Decidí alojarme  en una humilde posada en la que una mujer de  apariencia enfermiza me recibió  con una felicidad que no había visto nunca antes. Se veía que no solía  ir por allí  mucha gente. Después de hablar sobre lo ocurrido, me ofreció quedarme a dormir en una de las cabañas de su propiedad donde, dijo,  admitían animales. Me dio  una gasas y alcohol para curar las heridas de Argos a quien la buena señora no cayó en gracia. Yo, por el contrario, agradecida, le di  una propina y me dirigí  a la cabaña; ya era tarde y cada vez había más niebla. Me daba miedo el lugar; estaba en medio de   un bosque  que recordaba vagamente. Menos mal que Argos estaba conmigo. Aunque estuviera  malherido me transmitía tranquilidad el estar acompañada. No fue de una gran ayuda, sin embargo, para encontrar la cabaña; en cuanto lo ponía en el suelo para descansar,  se negaba a caminar. Tras quince  minutos, llegamos a la cabaña, que tenía la puerta abierta, tal y como me había dicho aquella buena mujer.


Decido investigar un poco el interior de la cabaña y me encuentro, sorprendentemente con unos cuadros en los que se pueden ver   retratos:   uno de la señora que me ha atendido antes en la posada y   otros muchos de hombres pálidos  como la cera. Alguno, incluso, me recuerda a mi abuelo, pero bueno, en los pueblos pequeños todo el mundo tiene un aire familiar.  Hay  algo  más raro aún en los retratos; noto que cada vez que me muevo parecen seguirme con la mirada; no me asusto, simplemente pienso que es porque estoy cansada. Apago las luces y me meto en la cama, dándole vueltas a lo ocurrido  y mirando los retratos cuyos ojos me observan ahora  con una mirada que brilla en la oscuridad.

He decidido tumbarme
sin quitarme la ropa, abrazada al bolso donde llevo un cuchillo, no por nada, sino porque no me gusta partir la carne con los dedos;  al cabo de  un momento escucho gemir a Argos y enciendo la luz; en el campanario de la iglesia suena la medianoche;  miro a todas partes y me doy cuenta de que en los cuadros ya no hay retratos; se ve el bosque a la luz de sucesivos relámpagos:  lo que me parecieron cuadros eran ventanas. Estoy inquieta; aun así decido levantarme e ir a mirar por ellas. Empiezo a escuchar pasos y me encuentro a un grupo de  bultos y sombras  humanas  armadas de un cuchillo y  destrozando a Argos que gime  débilmente. El corazón se me paraliza. Me ven y no solo ahora: me han estado observando desde que he entrado en  la cabaña a través de  los retratos, que no eran cuadros sino ventanas en las  que ellos estaban  inmóviles, al acecho, esperando la medianoche.  Quizá me hayan observado desde antes, desde mucho antes. Me rodean.  Uno me agarra  y  ya solo finjo resistir.

Pienso: este es  mi destino;  creía  hacer  hecho la primera buena acción de mi vida  recogiendo  a  un perro y en realidad  lo he  devuelto a los sombras de las que había escapado;  ahora  voy a morir  y  a pasar el resto de la eternidad asomada a una ventana esperando a  que algún  viajero  se quede mirándome como si  fuera un  retrato y  suenen las campanas de  la medianoche.