sábado, 8 de julio de 2017

HISTORIAS SOBRE RAÍLES (SEGUNDA PARTE)


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En el tren, por lo tanto, estamos en marcha a la vez que inmóviles y supuestamente protegidos en un espacio interior y reconocible. Desde luego, la ficción familiar se derrumba por resultar forzosa una convivencia con extraños. Precisamente, esa reunión azarosa  es un componente que los narradores han explotado profusamente en sus relatos. Compartiendo varias horas, incluso días de viaje en una inevitable proximidad física, el pasajero, que suele ser el protagonista, va a entregarse a fantasías eróticas o erótico-románticas y si es posible, al contacto real más o menos velado. Hay, por decirlo así, toda una erótica de los viajes en tren. Por supuesto que no es una novedad absoluta. Ya sucedía algo similar en las antiguas diligencias en las que la proximidad de una siempre misteriosa dama arrebujada en el rincón del vehículo despertaba las fantasías de algún pasajero soñador o despierto.

Por otra parte, el tren resume un aspecto de la modernidad urbana: el contacto con seres anónimos vuelve a los individuos más suspicaces y, necesariamente, más observadores No serlo puede ponerlos en peligro. Las dotes de observación serán extraordinarias, -como en el caso de Sherlock Holmes, que de la corbata de un viajero podía hacer un tratado de psicología más otro de sociología- u ordinarias o deficientes. Las apariencias externas de los viajeros y la capacidad de interpretarlas, de darles el significado correcto son   importantes en el espacio del tren. Recordemos las prolijas descripciones que nos hacían tanto los autores románticos como los realistas en el siglo XIX. Los personajes, por decirlo así, llevaban su historia puesta aunque no siempre era fácil leerla e interpretarla.

Asimismo, por ser un encuentro largo y efímero, un viaje en tren es también idóneo para confidencias que no se producirían, seguramente, en otros contextos . Pensemos, por ejemplo, en la Sonata a Kreutzer de Tólstoi: el protagonista cuenta su caso ( por qué llegó a asesinar su mujer) a un compañero de compartimiento que lo escucha compasivo. Ha habido escritores más audaces, como Patricia Highsmith, en Extraños en un tren. Planificar fechorías  con un desconocido durante un viaje en tren no parece muy habitual, pero sí original.

En definitiva, la narración se nutre de las relaciones humanas y de una dialéctica entre lo conocido y ordinario y lo desconocido y extraordinario. No cabe duda de que el tren ofrece un escenario privilegiado para combinar esas tensiones.


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