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jueves, 15 de agosto de 2019

LA RED PÚRPURA, DE CARMEN MOLA

Elena Blanco está al frente de la unidad policial de la BAC que lleva tiempo investigado a un red, La red púrpura” que trafica con vídeos de extrema violencia utilizando para ello la “Deep Web”. La Red  tiene clientes por todo el mundo, entre ellos adolescentes. Hay clientes que ven las imágenes por internet; otros, los VIP, asisten a las sesiones de tortura en directo, en un lugar de casi imposible localización; como puede suponerse son personas con mucho dinero y con muchos contactos sociales en las altas esferas. Lo que  Elena Blanco oculta durante mucho tiempo a sus colaboradores es que su hijo, secuestrado por la Red cuando era un niño, se ha convertido en un ser monstruoso, en un torturador psicópata.

Durante cinco años leí  muchas  novelas policiacas, género que entonces me gustaba mucho, y al que ahora acudo de tarde en tarde  cuando quiero evadirme y reconfortarme con la idea, más bien ficticia,  de que los  delincuentes, sobre todo los que tienen  connivencia con el poder económico, judicial y político, no son siempre los que ganan la partida . La novela de Carmen Mola tiene un planteamiento que hubiera permitido desenmascarar lo que se esconde tras las caras sonrientes y los discursos prefabricados de una parte de esas élites  que sabemos corruptas y sin escrúpulos y en cuyas formas de diversión entran la violación de menores, la pedofilia o el sadismo.   El tipo de apuestas y divertimentos de los ricos que nos presenta la novela, tan parecidos al de los patricios romanos  en sus siglos de decadencia, no tienen nada de inverosímiles. El planteamiento de la novela daba mucha cancha a la autora, pero ha tirado casi todas las pelotas fuera.

Lo peor que le puede pasar a un escritor de novela policiaca es que teja una trama  llena de agujeros y de remiendos para tapar torpemente imprevistos. Carmen Mola pierde la verosimilitud en muchos momentos, algunos clamorosos. Elena Ferrante es jefa de una unidad de policía porque la autora nos lo dice así, pero no porque se porte como tal. En un momento nos aclara  el narrador que Blanco solo sabía como escapar en la oscuridad por lo que había visto en las películas… Eso en una unidad de élite a la que se le supone preparada para cualquier actuación. 

La construcción de lo personajes no es mejor que la de trama. Construir un personaje no es solo  darles un estado civil, que tópicamente  suele ser el de solteros o divorciados, o darles aficiones llamativas para un policía, pongamos hacer karaoke en un bar de la calle Huertas, o darles algún vicio secreto que los martirice, como la ludopatía de Orduño. Eso son recursos que hay que saber manejar, pero que si no están insertos en una verdadera complejidad del personaje son pegotes. Los personajes de  “La red púrpura  son esquemáticos, borrosos, intercambiables. Tampoco logra  la autora crear una dinámica interesante  en las relaciones entre ellos;  incluso las relaciones sexuales entre Chasca y Zárate, por poner un ejemplo,  son de un topicazo indigerible.  Igual de torpe es en la creación del ambiente de  la comisaría o de la  ciudad por  más que la autora nos lleve de aquí a allá  por tascas , vinotecas o  cafeterías madrileños con los que se podría hacer una ruta turística.

El ritmo de la novela es irregular: hay momentos totalmente intrascendentes que ocupan mucho espacio y otros, fundamentales, que se despachan en pocas líneas. Salvo en contadas ocasiones, Carmen Mora no es capaz de crear suspense, y eso, en una novela policiaca, es un pecado imperdonable. La intriga sobre quién es el jefe supremo de la red  desfallece una y otra vez.  Por lo demás, la sombra de ese personaje no es alargada, no la presentimos detrás de los acontecimientos, como si no operara, aunque luego se nos diga que lo controlaba todo. Cuando descubrimos quién es, cosa que muchos  lectores harán mucho antes del desenlace, la decepción es grande. Sacarse un carta de la manga  es propia de jugadores tramposos.  Para acabar, las escenas de violencia extrema revuelven el estómago y angustian, pero su razón narrativa se pierde cuando se repiten  y se amplifican porque no se sabe hacer narrativamente algo mejor.

Como pueden deducir,  no les recomiendo esta novela. La primera que escribió Carmen Mola es, según he leído, mucho mejor que la segunda. Quiero creer que la autora se ha precipitado  apremiada a publicar de nuevo  tras  el éxito de “La novia gitana”. Pese a tanto desperfecto, estoy segura de que la escritora tiene talento suficiente para ofrecernos una narración más inteligentemente tramada  que “La red púrpura”. 

sábado, 11 de mayo de 2019

EL HOMBRE DE LOS CÍRCULOS AZULES, DE FRED VARGAS

Había acabado hace algo más de una semana la lectura de Tiempos helados, de Fred Vargas, con la convicción de que sus novelas me servirían de entretenimiento cuando no quisiera que  ningún autor esperaba mucho de mí como lectora. Hay días que me gana la pereza y el desaliento, hay días que si puedo evito las complicaciones incluso en la lectura. En esas estaba el jueves, Así que me acerqué a la biblioteca en busca de lectura fácil, relajante y entretenida. El título "El hombre de los círculos azules" me pareció prometedor para mis intenciones. Sin embargo, contra todo pronóstico me ha entretenido solo a ratos porque mientras lo leías me preguntaba cómo una autora de prestigio universal en la escritura de best-seller ejecutaba este con tamaña torpeza. Luego me di cuenta de que la novela fue publicada en 2004 y que desde luego una década después ha ganado pericia.

En " El hombre de los círculos azules" falla casi todo, empezando por la creación del detective. Adamsberg es borroso por expresa voluntad de su autora: no es lógico, ni deductivo, ni inductivo; sería de la familia de los investigadores intuitivos  sino no fuera porque la intuición de Adamsberg sobrepasa lo verosímil y tiene el sospechoso don de la infalibilidad. El detective de Vargas conoce el alma de todos aquellos  que entran en contacto con él;  la conoce como si el Mal  emitiera  unos efluvios que solo el filtro de este hombre pudiera  absorba como una tela la humedad ambiente. Va por el mundo como si  fuera un campo magnético invisible  que imanta  a los culpables irresistiblemente. Adamsberg no razona, recibe confusas intuiciones  cuando se libera del deber de pensar. Esto hace que muchas de las escenas de la novela sean francamente ridículas. Más que de detective Adamsberg parece actuar de médium.
En el intento de proporcionarle  una  personalidad, Vargas no va más allá de dotarlo de manías. Hace todo en él nebuloso con la esperanza de que lo creamos profundo.

Los demás personajes no están mejor trazados. Vargas recurre a lo inhabitual y lo extravagante para interesarnos por ellos; sin embargo, el resultado es extremadamente artificial y torpe. El inspector Danglard, razonador, lógico y culto resulta que se ocupa él solo de cinco hijos pequeños, a los que casi siempre atiende en cierto estado de embriaguez. Mathilde, una científica de renombre, que acaba implicada en la trama , es una mujer de conversaciones absurdas que se pretenden inteligentes. Difícil entender por qué Vargas ha decidido que tenga la manía de salir a la calle con la intención expresa de elegir a algún desconocido o desconocida para perseguirlo, hacer anotaciones y volverse a su casa. Charles Reyer, sin ninguna función creíble en la trama, es un ciego guapísimo y cabreado por su ceguera.  Camille, una joven que viaja por el mundo para evitar a Adamsberg, del que está enamorada...

En la trama comete la autora errores de principiante: la aparición misteriosa de círculos azules pintados con tiza en diferente calles de París no despierta mucha curiosidad, menos curiosidad aún  la los  asesinatos que vienen a continuación. Al fin, nada importa  quién pinta los círculos ni quien asesina a seres anodinos del París nocturno; menos  importa si el pintor de círculos y el asesino son o no son la misma persona. Una novela policiaca no puede descuidar ese punto: la intriga es el motor de la lectura, la que hace pasar páginas. Cuando descubrimos al asesino y su móvil todo  resulta una fantasmada.

Fred Vargas es incapaz de esconder los trucos con los que intenta retener al lector; es todavía como ese mago cuyo público acaba viendo que se saca las cartas de la manga. 

Mi conclusión es que ,de leer otra novela policiaca de Fred Vargas, escogeré alguna de las escritas muchos años después de esta, cuando ya maneja con maestría  las herramientas del bestseller policiaco.


sábado, 27 de abril de 2019

TIEMPOS DE HIELO. FRED VARGAS

En 2015,  Fred Vargas seudónimo de  la parisina Frédéric Audoin-Rouzeau) publicó  Tiempos de Hielo, (Temps glaciaires) una novela fantástico-policiaca donde rescata al original equipo de investigación de sus novelas anteriores:  un policía de extraña cabellera bicolor que le da aspecto de leopardo, un enfermo de narcolepsia que va durmiéndose  por las esquinas, un gato con ciertas dotes detectivesca, una teniente tipo fuerza de la naturaleza, el jefe, Adamsberg,  perdido con frecuencia en una nebulosa soñadora de la que salen “renacuajos” y el comandante, Danglard, un erudito racionalista, de memoria prodigiosa, que siempre tiene una cita a punto en la investigación.

Vargas recurre a la técnica de los asesinatos en cadena que recuerda inmediatamente Los diez negritos de Agatha Christie: en  un grupo de personas con algún  nexo común  van sucediéndose los asesinatos mientras se instaura entre los supervivientes el pánico. 
En la novela de Fred Vargas, el asesino deja “su firma”, el dibujo de algo que parece una guillotina. Se han producido cuatro asesinatos en París o sus cercanías, y a  los investigadores se le abre en primer lugar una línea de investigación que les lleva a Islandia: allí un grupo de  12 franceses, atrapados por la niebla en una pequeña isla de leyenda, se enfrentaron  durante quince días al frío y al hambre: dos de ellos son asesinados, los  otros diez sobreviven. La segunda línea de investigación los lleva a un club privado  robespierrista en que unas 700 personas representan las sesiones parlamentarias de la Revolución Francesa, desde la Asamblea Constituyente hasta el final de la Convención. El nexo común es que los cuatro asesinados formaron parte del grupo de turistas en Islandia y pertenecían  al Club robespierrista. El enredo de la trama está en la relación, difícil de ver, entre ambas líneas de investigación, que parecen más bien divergir que converger.

La autora juega con lo fantástico  sobre todo  en la presentación de la isla islandesa en que, según los lugareños, habita un afturganga, un genio nebuloso  que mata a quien viola su suelo o lo  convoca  para indicarle un camino. También en clave fantástica tenemos al jabalí Marc, guardián  fabuloso de la cabaña donde vive Céleste.  Vargas tiene la habilidad suficiente para que estas incursiones fantásticas no chirríen en la trama; incluso acabamos pensando que las dotes detectivescas de Adamsberg tienen tanto que ver con la fantasía como con el análisis racional de pistas.

La novela es amena, si bien hay en ella mucho de precocinado, de automático. La vinculación de las dos tramas resulta por momentos algo rocambolesca. Los personajes, pese a que se hacen inconfundibles enseguida, ofrecen una falsa profundidad psicológica. La autora se excede a veces con las referencias históricas a las figuras políticas de la Convención.
Sin duda, Fred Vargas conoce su oficio de escritora de best-sellers y estas críticas solo surgen después de cerrar el libro; mientras se lee, es fácil dejarse llevar por la curiosidad y la intriga.




lunes, 4 de febrero de 2019

El secreto de sus ojos de Eduardo Sacheri

Benjamín Chaparro, funcionario de Justicia,  llega al día de su jubilación con el deseo de no convertirse en uno más de esos viejos que no saben con qué llenar sus días, y se los pasan de visita a su antigua oficina. Decide escribir una novela, y como no le da la imaginación para inventar la historia, echa mano de un caso que le afectó especialmente treinta años atrás:  el caso del asesinato de una joven cuyo viudo la amaba hasta la desesperación. La resolución real del caso no llegará sino treinta años después de haber ocurrido el crimen, aunque  Chaparro, Sandoval y Báez lo habían dado por cerrado mucho antes. 

Sacheri crea con habilidad la trama con bien distribuidos  clímax  para que el interés no decaiga. Elige un detective creíble que conserva de los clásicos su amor a la verdad y al trabajo bien hecho, una ética superior a la del medio, un carácter introvertido, lleno de dudas. El lector lo siente cercano y confiable. La segunda trama, la amorosa, pese  estar unida  a la fundamental  muy colateralmente no hace el efecto de  ser un pegote. Nos permite conocer mejor al detective y seguir una historia de amor que en nuestro mundo de citas rápidas por Wathsapps parece increíble: esa historia de amor platónico transcurre entre adultos durante décadas.
Los personajes  están bien diseñados, especialmente Sandoval y Báez, y desde luego, los personajes clave de la novela: el asesino y el viudo.

En cuanto al espacio en que transcurre la acción, Sacheri  ha conseguido  meternos en Buenos Aires y en sus oficinas mal equipadas, en sus calles acechantes  y en las casas humildes de la clase media bonaerense; en cuanto al tiempo histórico, sentimos el aire siniestro de la historia cuando ya no se trata solo  de la arbitrariedad burocrática crónica y  la corrupción endémica de las estructuras judiciales, sino de  la violencia  política siniestra que se ha  apoderado de la vida de los argentinos. Es precisamente esa irrupción de la violencia política la que enreda insospechadamente la trama.

Una novela, en fin, recomendable para pasar unas horas de lectura amena.

viernes, 30 de noviembre de 2018

EL PESO DE LA IRA, DE ADRIÁN MARTÍN CEREGIDO



A estas alturas es difícil sorprender- incluso entretener- con una novela policiaca. Parece todo inventado y cada nueva publicación no parece sino el retorcimiento o recombinación  de lo  ya hecho por otros en el género. Una de las tendencias  para romper  con lo previsible  es la de hacer una novela policiaca cada vez más local que se garantiza el interés de los lectores más próximos sin renunciar, por supuesto, a captar lectores  más allá de su geografía.  Esa variante no garantiza el éxito, pero sí abre nuevas expectativas.

El peso de la ira, de Adrián Martín Ceregido, es una buena novela policiaca. Empieza bien desde el título:  la ira funciona, en efecto,  como un gas  que va aumentando su densidad hasta que detona. Por lo demás, el título se connota con otros que le vienen a la mente al lector: el peso de la culpa, el peso de la justicia, el peso del pecado...

Asimismo, la tensión de la trama está inteligentemente distribuida: la tensión se intensifica en algunos pasajes, pero no decae en ninguno. Siempre hay tensión aunque sea en  estado difuso, amenazante, como una atmósfera. El fluir temporal de la historia se siente perfectamente, más allá de que el propio novelista nos proporcione las fechas exactas de muchos acontecimientos.

A los personajes quizá les falte un poco más de cocina  y se queden en buenos esquemas que presentan alguna que otra incoherencia; sin embargo, la creación de la detective promete mucho para futuras novelas. La elección de una mujer joven, formada universitariamente y con un  marcado criterio propio  ofrece muchas posibilidades. Como todo detective, tiene el rasgo clásico de buscar la verdad, pero ese rasgo no solo lo va a practicar en su faceta profesional, sino que va a ser clave en su búsqueda de valores personales en una sociedad marcada, por un lado, por la crisis generalizada de  valores y por otro,  por el empoderamiento femenino. La relación con su "partenaire" queda todavía un poco difusa: estaría bien que el joven ertzaina fuera un alumno no solo de los métodos  de investigación de su jefa sino del cambio de valores masculinos que requiere nuestra sociedad. En cuanto a los candidatos a ser el asesino, hay  que decir que el novelista maneja muy bien una difícil ecuación: los candidatos son pocos y, sin embargo,  el lector no lo tiene fácil para resolver el enigma. Algo que me ha sorprendido  es que la víctima no suscite ninguna simpatía al lector, al menos a mí no me la ha suscitado. Frente a otras novelas policiacas que se abren con el descubrimiento del cadáver,  Adrián Martín posterga ese momento hasta bien avanzada la trama. La víctima se convierte, por decirlo así, en una doble víctima, primero de su padre y después de X y, sin embargo, hay algo en ella que resulta repulsivo. Me parece un punto sobre el que meditar.

El espacio, como decía al principio, es aquel que le es familiar a su propia autor: el asesinato se produce en la costa  vizcaína y los personajes trasiegan por Bilbao. La ciudad se siente  pero sin alcanzar el  punto de lo inconfundible. A mí me hubiera gustado una serie de hábitos de los personajes, sobre todo de la detective, que fueran convirtiendo  ciertos espacios en "míticos". Claro está, es únicamente una preferencia de una lectora, sin más.

El mayor elogio que se puede hacer a esta novela es que espero que sea la primera de un larga serie.