
Con estilo fluido, sin alaracas estilística, Colm Tóibín nos cuenta una magnífica historia de aprendizaje y de desarraigos. Eilis pasa por todas las fases del emigrado: desorientación, tristeza, depresión, proceso de adaptación, proyectos de futuro. Sin embargo, una noticia inesperada le hace volver a Irlanda, a su casa natal. Y se inicia el proceso de readaptación, porque nadie vuelve como se marchó. La historia tiene un giro final sorprendente que deja un regusto melancólico, y que plantea el tema de la construcción de la identidad, siempre latente en la novela.
Interesante también es la ambientación en el Brooklyn de la posguerra, una ciudad en crecimiento que recibe a miles de emigrantes, especialmente italianos e irlandeses, y en la que se ve el empuje de la sociedad de consumo, individualista y atomizadora. Es por ello que los personajes sufren una nostalgia difusa del mundo que perdieron y para el que realmente no existe viaje de vuelta.