
Daniel, el hijo de la autora , se suicidó quizás empujado por los sufrimientos de una enfermedad mental, la esquizofrenia, enfermedad que Bonnett también se niega a nombrar para no etiquetar hasta muy avanzado el texto. La obra es un recorrido por los años en que su hijo y la familia luchó, llena de desaliento y de breves rayos de esperanza, contra esa terrible enfermedad y los presagios de un final trágico. Hay un afán de explorar con templanza el camino recorrido por su hijo como si en algún punto de la trayectoria se hubiera podido desviar el desenlace. No es que Bonnet caiga en un flagelante " si yo hubiera hecho esto, si hubiera sido más observadora, si hubiera tomado otra decisión...", pero el afán de comprender a Daniel y de comprenderse a ella misma son evidentes. El libro es también un intento de evitar que en su propia memoria quede una imagen fija y pobre de su hijo; las palabras le permiten realizar -llega a decir- un retrato fluido, móvil, vivo. Es el último regalo que le puede hacer a su hijo, algo así como un segundo parto.
El libro nos muestra, como dirá Héctor Abad Faciolince " que no hay consuelo. Y que sin embargo vale la pena escribir que no hay consolación..." Al lector sin embargo le desconsuela no poder hacer lo mismo por sus seres queridos que no tendrán "ni una tumba de papel de aquí a no muchos años.