
Manfredo, como otros héroes byronianos, es un ser torturado que arrastra un pasado maldito, un hecho criminal. Busca el aislamiento, el apartamiento del resto de los mortales, sintiéndose profundamente ajeno y diferente a ellos. Esa soledad tiene por escenario la torre en que la desesperación le lleva al estudio y los escenarios grandiosos y sublimes por los que deambula desesperado: los Alpes con su torrentes violentos, su gigantescas rocas, sus abismos de vértigo ,su ventisqueros y sus cimas inmensas cubiertas de nieve En su deseo de encontrar respuestas al sentido último de la vida así como en su ansia de escapar a la tortura a la que le somete la sombra horrenda de su pasado, ha agotado todos los saberes de la filosofía y de la ciencia, ha soñado con una vida sencilla, natural, pastoril en la que recuperar su inocencia; se ha adentrado en saberes esotérico, mágicos, sobrenaturales. Sus poderes le permiten convocar a los espíritus primordiales del agua, de la tierra, del fuego, del aire. Sin embargo, nada pueden hacer por él, porque lo que les pide es el olvido. Dicho de otra manera, lo que les pide es que cambien el pasado, que lo hagan desaparecer y eso no está en manos ni de Dios ni del Diablo. Solo son capaces de convocar el fantasma de su amada Astarté, que venida del reino de los muertos, tampoco puede absolverlo de su crimen, tampoco puede cambiar el pasado, el crimen ominoso. Por tanto nada lo salva, ni la ciencia, ni la filosofía, ni la magia, ni la naturaleza pura, ni el amor. Solo queda el suicidio, solo queda la muerte.
Los héroes de Byron llevan ese destino desde los primeros acordes de las obras: van de la soledad de su atormentado tránsito por la vida a la soledad definitiva, que no es sino la única liberación posible de la primera.