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domingo, 4 de marzo de 2018

VENGANZA DIVINA, DE J.M

Estaba anocheciendo, el viento sonaba con fuerza, no había nadie en la calle; solo se hacía  notar la fuente goteando sin cesar en mitad de la plaza. Gota a gota pasaba el tiempo como los segundos en el reloj de la iglesia .

Resultado de imagen de el retrato oval Desde  su ventana Samuel observaba la avenida. La presencia de esa casa en ruinas le  atraía como un imán; le atraían  sus escalones cubiertos de telarañas, sus barandillas rayadas por el tiempo y la madera de sus puertas  agujereadas  por  roedores. Desde su ventana se sentía  el  espía   o el detective de algún suceso terrorífico. Como cada noche, no pudo vencer la atracción y  atravesó la avenida hasta llegar a los escalones de caserón.

Esa noche  se encontró con el pomo de la puerta arrancado como si alguien hubiese invadido su interior violentamente.  Una vez dentro, subiendo las escaleras  hacia el lugar donde cada noche se acurrucaba, escuchó unos ruidos tenebrosos y lastimeros que a medida que se acercaba  a su escondite  se hacían más intensos. A través de la enorme mirilla de la puerta pudo observar la sombra de una figura alargada arrancando los periódicos antiguos que forraban la pared. Atónito con lo que veía y conteniendo la respiración  observó que la figura se acercaba a un cuadro que estaba colgado en la pared  y  que representaba la imagen de una dama; Samuel la  saludaba cada noche como si fuese el único testigo de su presencia allí. El extraño visitante extrajo  de detrás del cuadro una urna crematoria.
El miedo y la incertidumbre anidaron  en el cerebro de Samuel. Nadie del pueblo  tenía información alguna sobre  la desaparicón de la dama del cuadro; nadie sabía por qué abandonó el lugar.
Quizá lo que a él le atrajera de la casa era ese misterio sin resolver y la esperanza de resolverlo un día.

La figura alargada se fue empequeñeciendo a medida que se acercaba  a la claridad de la ventana ; por la mirilla  sólo podía  percibir sus delgadas y finas manos donde resaltaba el brillo de un sello colocado en el dedo meñique de su mano derecha. Enseguida vino a su mente la imagen de Don  Anselmo, el cura del pueblo. Pero, ¿qué contenía la urna que había  extraído de detrás del cuadro? ¿Serian cenizas de restos humanos? A Samuel, en ese momento,  le recorrió  un escalofrío  por todo el cuerpo;  le entraron ganas de abrir la puerta y descubrir quién era el misterioso personaje y qué  estaba escondiendo, pero un golpe seco hizo que el miedo de Samuel se convirtiera  en terror. Escondido en el rellano de la escalera esperó con su cuerpo tembloroso a que la figura sin rostro saliese de la habitación. Samuel enseguida se dio cuenta de que el viento había  sido culpable de tal ruido. Bajó corriendo  las escaleras y salió por el portón. No había recorrido ni cinco metros cuando se dio cuenta de que había dejado su linterna olvidada dentro.

     Esa noche Samuel no pudo conciliar el sueño y agarrado a su almohada no paraba de preguntarse si era verdad lo que había visto o era un sueño.  A la mañana siguiente, Samuel acudió a la iglesia como un domingo más. Esta vez no solo iba a hablar con Dios, iba a descubrir alguna pista que se relacionara con lo vivido la noche anterior. Cuando Don Anselmo salió de la sacristía y se colocó en el altar para dar su homilía, Samuel descubrió la única pista que le identificaba como el autor de los hechos. Don Anselmo,  mientras daba el sermón a sus creyentes,  pasó  la hoja de la Biblia con aquella mano en la cual brillaba el  mismo anillo que Samuel había visto la noche pasada en la habitación de la dama.
     
   Samuel, camino de  su casa,  se encontró con un anciano   Por llevar compañía decidió  acercarse a él y en el trayecto hablaron largo rato de la casa abandonada. Habló de la dama del cuadro como ejemplo de mujer hermosa elegante y adinerada  que tuvo muchos amantes. Incluso decían que alguno de ellos fue el causante de su desaparición ya que su belleza fue motivo de muchos corazones rotos.

    Llegó el joven  a su casa satisfecho y preocupado a la vez ya que parecía ser  el único conocedor del autor y de las causas de la muerte de la dama.  Esa noche volvió  a la casa abandonada y nada más entrar una luz cegó sus ojos. No pudo ver el rostro de quien sostenía la linterna, pero sí
escuchó  una voz que le decía: “ Sé lo que te atrae de esta casa, como ha atraído a tantos.” La luz  se acercó a Samuel y prosiguió “pero la única forma de ver de verdad a la diosa que habitaba  la casa  es esta”. Y  una cuchillada atravesó el corazón de Samuel.

                                                               

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