sábado, 10 de agosto de 2019

TEA ROOMS, DE LUISA CARNÉS

Luisa Carnés nació en Madrid en 1905, en la calle de Lope de Vega, en lo que hoy se conoce como el barrio de las Letras. Nacida en una humilde familia obrera, tuvo que abandonar la escuela a los 10 años y a los 11 años comenzó a trabajar en un taller de sombreros. Se formará, por lo tanto, de manera autodidacta, con la lectura de prensa o de préstamos de biblioteca. Como ella declaró en una entrevista, leía todo lo que caía en sus manos, malo o bueno, sin orientación. Admirará, sobre todo, a los autores rusos Dostoievski, Tolstoi y Gorki. Con solo 18 años publicó su primera novela, “Peregrinos de Calvario” y con 23, su aclama “Natacha”. Trabajó como mecanógrafa en una editorial, en la que conoció a marido.La editorial quiebró y la pareja emigrará a  Algeciras.  Sin embargo, Carnés regresará a Madrid  muy pronto y trabajará en una salón de té  cercano a la Puerta del Sol. Pese al escaso tiempo que le dejaba este trabajo,  continuará  escribiendo cuentos y colaboraciones periodísticas.  En 1934 saldrá a  la luz “Tea rooms”,  novela basada en su experiencia en el salón de té donde trabajó de camarera.  En el debate crucial  sobre el derecho de voto de las mujeres, Carnés se posicionará junto a  Clara Campoamor como lo harán  Concha Espina, Teresa de León,  Elena Fortún y otras escritoras.   También  participará en las  actividades promovidas por  la República.  Militante del Partido Comunista,  tendrá que exiliarse al final de la Guerra Civil y  formará parte  de  aquella riada de republicanos  derrotados  que salió de España por la frontera catalana con Francia,  entre los que iba Antonio Machado. Ya en México, seguirá con su labor de periodista y novelista. Murió en 1964 en un accidente de tráfico del que salieron ilesos su marido y su hijo.Ignorada durante muchos años, como otros muchos escritores del exilio, se la adscribe a la generación del 27,  y dentro de ella a la novela social de preguerra. Formará parte, además, de las “sinsombrero”, esa nómina de  escritoras  del 27  no hace mucho reivindicadas para nuestra historia literaria.

“Tea rooms” es una peculiar novela- reportaje en la que Luisa Carnés objetiviza su experiencia en el salón de té madrileño en el que trabajó a su vuelta de Algeciras. Puede hablarse de un personaje colectivo, si bien la voz en tercera persona se focaliza en Matilde, un alter ego de la escritora. El hilo conductor de la novela es el trabajo alienante de las empleadas y su lucha diaria  por mantener ese trabajo  por el que cobran un salario de hambre y que realizan en un clima de miedo, de humillaciones y de acoso. Sus  vidas privadas, si se puede hablar de algo que apenas tienen, se limitan o a una vida familiar llena de conflictos y desesperación, donde hace estragos el paro, la violencia, el hambre y un hondo sentimiento de desamparo e impotencia, o  la soledad en un cuartucho, o  el refugio en ilusiones.  El telón de fondo son las calles de Madrid donde se multiplican las huelgas y las protestas reprimidas brutalmente. Estamos en las vísperas del advenimiento de la II República. 

Luisa Carnés plantea numerosos temas que todavía nos atañen: la doble carga para las mujeres de la explotación laboral y doméstica; el matrimonio y la maternidad impuestos; el aborto, la prostitución, la exclusión de la educación; la lucha de clases y el papel que en ella tienen las trabajadoras.

El punto de vista de Carnés está orientado, sin tapujos, por su  conciencia de clase y de género. Toda la novela está dominada por un deseo de mostrar con nitidez un mundo que es invisibilizado o invisible para las clases medias y altas, y a la vez   no es descifrable para las propias afectadas, herederas  de siglos de resignación y de impotencia. Carnés no idealiza en ningún momento; las trabajadoras son mujeres de carne y hueso, con sus debilidades, con sus rencillas, con sus diferencias. La nueva idea de la solidaridad  que recorre Europa las atrae y las espanta, y sobre todo no saben cómo ubicarse en un  movimiento que, aun siendo reivindicativo, tampoco las apela especialmente. Solo en la figura de Matilde expresa Carnés un conciencia reflexiva que observa la realidad sin la mediaciones ideológicas del poder de la élite ni tampoco del patriarcado. 

Con un lenguaje directo y estoico en recursos, la novela sorprende por lo inhabitual. En el  microcosmos del salón de té  las camareras deben moverse como autómatas sonrientes  y obedientes a las órdenes siempre agrias  y amenazantes de la encargada. No hay tiempo  para largos diálogos, ni para  largas ensoñaciones, ni para una introspección minuciosa  al estilo  de Proust o de Woolf. Por eso,  el estilo de Carnés tiende a la oración escueta; la frase es rápida y certera como tienen que serlo los movimientos de las trabajadoras.  La autora huye del estilo dulzón y empalagoso no queriendo servir  un dulce "averiado" como los que se venden disfrazados a los clientes despreciables.  No hay tiempo para hilar con hilo de seda  historias minuciosas en estas vidas rotas por el engranaje del trabajo alienado. En “Tea rooms”,  los señoritos seducen a camareras y a costureras, como cuentan las novelas sentimentales, pero Carnés sabe que en la realidad  estas son historias  expeditivas con finales a los que solo se presta atención un momento y luego caen en el olvido. Las trabajadoras pueden acabar en la prostitución, pero  Carnés, por supuesto, no le encuentra ningún glamour  a lo Dumas  ni tampoco es  motivo para una disquisición moral. La prostitución es presentada como una falsa salida, otra forma de explotación. El matrimonio no es esa institución hecha para los ángeles del hogar, pero Carnés no   cae en el regodeo zolesco  de  mostrar las lacras de las familias obreras.  Solo el trabajo digno y el acceso a la educación podrían liberar a las trabajadoras, pero es un horizonte que ni siquiera  atisban la inmensa mayoría de ellas.

La verdad es que esta  obra me ha impresionado y quizá, por primera vez, he leído una novela escrita por una trabajadora. Es una de esas trabajadoras cuya existencia no registran nuestras miradas y que solo forman parte del decorado de la cafetería donde tranquilamente nos tomamos el café y el cruasán. Carnés, una escritora invisibilizada tantos años, nos muestra a otros seres invisibilizados.  Por eso, leer esta novela es, entre otras cosas, un acto de justicia.








PRIMAVERA CON UNA ESQUINA ROTA, DE MARIO BENEDETTI

Santiago está preso  en una de las cárceles uruguayas  que la dictadura ha llenado de activistas de izquierdas tras el golpe de estado de 1973.  Sus compañeros de liza y amigos  han sido asesinados o están en el exilio en Europa o en algún país latinoamericano.  Entre esos exiliados en  un país latinoamericano  está Graciela, la mujer de Santiago, que se ha llevado con ella a la hija de ambos, la pequeña Beatriz, y el padre de Santiago, Don Rafael. A ese pequeño núcleo se añade, Ronaldo, el mejor amigo del preso , y el único confidente de Graciela. Mientras Santiago escribe cartas desde su celda en las que se aferra a sus recuerdos y a su amor por Graciela, Graciela, que se siente desarraigada en el país de acogida, vive una contradicción que se la hace cada vez más dura: sigue apreciando a Santiago, pero el amor y el deseo han desaparecido, hecho que la hace sentirse culpable. Pide consejo a su suegro y a Ronaldo, con quien acaba manteniendo una relación amorosa. Ignorante de lo que ocurre, Santiago anuncia que va a ser puesto en libertad…

Benedetti recurre a una polifonía de voces, que hablando en primera persona, hacen que el lector se sitúe  en la perspectiva de cada uno de los personajes, y los perciba a todos en perspectivas cruzadas. Ese es el propósito, pero la verdad es que la técnica le funciona mal al escritor. Las cartas que le escribe Santiago a su mujer en vez de acercarnos al personajes y a las penosas circunstancias en  que vive  lo idealizan en exceso y  nos lo alejan del ámbito en que las escribe. Cierto que está limitado por la censura , pero el lirismo de sus recuerdos y de su reiterada profesión de amor por su mujer,  rebaja la realidad como el agua echada a un  vino fuerte. Aquí se hubiera agradecido un narrador en tercera persona que pusiera en perspectiva adecuada la resistencia  psicológica del prisionero a través de su correspondencia. Por lo demás, las otras voces, la de  don Rafael y la de Graciela no ayudan a conocer mejor a Santiago ya que reproducen la imagen que él da de sí mismo.  Graciela tampoco es un personaje  logrado:  está trazado con tres o cuatro tópicos, el del exiliado que no acaba de adaptarse y siente el desgarro de la separación de su patria,  el de la esposa que siente culpa por dejar de amar a su marido, al que sigue apreciando y admirando,  el de la mujer que se enamora de otro, que resulta ser el mejor amigo de su marido. Don Rafael aporta poco al cuadro. Con  Beatriz, la hija de Graciela y Santiago, Benedetti intenta ofrecernos la mirada infantil de una niña llena de imaginación, muy inteligente y observadora. No niego que su desparpajo y su  lógica “alocada”  le dé ternura  y unos toques de  humor tragricómico a la narración,  pero la dosis es demasiado alta y el artificio pierde su gracia.  En cuanto al amigo íntimo,  Rolando, no deja de ser otro elemento estereotipado para que por fin ocurra algo que altere el doliente vivir de los personajes y tengamos la sensación de que hay trama. Sin embargo este hecho ocurre demasiado tarde, cuando ya llevamos entre pecho y espalda muchas cartas con más de lo mismo. Paradójicamente, el personaje más interesante de la novela es el propio Benedetti, quien en letra cursiva  y también en primera persona nos cuenta sus andanzas por aquellos años de destierro.

En conclusión, este acercamiento al drama de la dictadura uruguaya, al coste emocional para sus víctimas, me ha parecido blando y superficial, y  el lirismo del autor, bastante pegajosos en su poesía, fuera de lugar.



jueves, 8 de agosto de 2019

No, mamá, no, de Verity Bargate

La novela  "No, mamá, no" se abre con uno de los párrafos más rotundos e inquietantes  que recuerde.  Sin la menor grandilocuencia, con frases breves, con palabras comunes, la narradora y,  detrás de ella Verity Bargate, utiliza un martillo demoledor contra todos los cuentos comunes  sobre ese momento, catalogado de maravilloso, de traer una vida a este mundo.  Cada mujer vivirá de una manera diferente esa experiencia, sin duda, pero Bargate da aquí voz a aquellas que nunca pudieron romper el tabú de lo social y moralmente aceptable, esperable y exigible.

La protagonista acaba de dar a luz a su segundo hijo, Orlando; tampoco esta vez ha sido la anhelada hija. En ningún momento parece que ese deseo de una hija y el rechazo al niño se deban a frivolidades. Con maestría, Verity  Bargate crea un ambiente inquietante, incómodo, cargado de explosivos de acción retardada.   De vuelta a casa con su marido David y su primer hijo,  Matthew,  la vida transcurre  dedicada a  esas rutinas y automatismos  domésticos que la autora convierte en una pequeña gran historia de terror.

 La relación de pareja de Jodie  va mal  desde hace dos años; es decir, desde que despertaron de una pasión que fue más ciega de lo habitual.  David ejerce sobre su mujer  una violencia y una vigilancia cuya causa y finalidad no se desvelarán hasta el final, un final sorprendente y  tan contundente como el inicio de la novela.  Consciente de su indiferencia hacia a sus hijos, que no consigue vencer aunque hago los gestos maternales cuando toca, consciente  del desprecio hacia su marido al que soporta como muerta a las noches,  no encuentra salida alguna hasta que reaparece en su vida Joy, su única amiga íntima, la de su primera juventud. A una hora de distancia en tren, durante varias semanas, se ven todos los lunes. En estos encuentros Jodie lleva demasiado lejos una ficción que el lector no sabe muy bien cómo interpretar aunque   presiente que de un momento a otro una realidad inmisericorde va a succionar a la protagonista.


En fin, esta novela me ha impactado como pocas lo han hecho hasta ahora. Mucho antes de  Verity Bargate,  la cotidianidad  o la familia ya  habían sido tratadas literariamente  como el lugar donde ocurre  lo verdaderamente terrorífico; sin embargo, la mirada que aporta esta autora es única y original; su atrevimiento en tratar el tema de  la maternidad saltándose los tabúes es impresionante. Sabemos que las cosas no ocurren exactamente como nos las cuenta Jodie, la protagonista, pero difícilmente aceptaríamos la versión de los otros personajes como la válida. Sea una u otra la interpretación que el lector le dé al final,   lo cierto es que  se  sale de la lectura  dolorido y con muchas preguntas de difícil o imposible respuesta.

miércoles, 7 de agosto de 2019

LOS PAZOS DE ULLOA, DE EMILIA PARDO BAZÁN

"Los pazos de Ulloa" tiene uno de esos principios contundentes inolvidables  de la literatura ; dos mazazos  que avisan al lector de que se adentra en un mundo selvático, donde los instintos no tienen ni una leve capa de cultura. La primera de las escenas es el encuentro del cura Don Julián, que a petición del tío de este, don Manuel de Pardo de Lage, va a intentar “evangelizar “ al burdo y brutal Marqués de Ulloa, Pedro Moscoso,  que utiliza, por ciento, un título que no le corresponde. El  encuentro se produce en un  cruce de caminos donde se alza un destartalado crucero al que ha ido a dar un siniestro  grupo de cazadores, que parecen bandidos, y que no son otros que Pedro Moscoso, Primitivo y el Abad. Ya tenemos en ese primer diálogo los indicios del carácter de cada personaje:  el burdo, brutal y soez Marqués de Ulloa;  Primitivo,  el  ladino y  astuto criado del Marqués,  siempre lacónico y acechante; y  el Abad, representante de ese clero  barrigudo, desvergonzado, servil y descreído. La religión en sí no significa nada para esta gente, de ahí la simbología de que el encuentro se produzca  junto al crucero.

 La segunda escena se desarrolla durante la comida en el pazo, cuando  vicioso y brutal el grupo de cazadores  emborracha  a Perucho, el hijo bastardo del Marqués y de la criada Sabel,  hija de Primitivo. El crío cae desplomado, inconsciente, víctima de un coma  etílico entre las risotadas bestiales de la concurrencia , la indiferencia de la madre y el sufrimiento atónito del recién llegado. 

Don Julián procurará poner orden moral en la casa  y aclarar la administración de los bienes de Moscoso; sin embargo, su misión es imposible; allí existe un poder contra el que nada puede hacer el espiritual, bondadoso, inocente y algo bobalicón sacerdote.  Consigue, eso sí, que el marqués piense en la conveniencia de casarse y darle un heredero legítimo a los pazos. Nucha, la recién casada, llega con mucha voluntad de poner orden en la casa, pero tras el nacimiento de su hija se debilita y el descubrimiento del amancebamiento de su marido con Sabel y la bastardía de Perucho,  sus fuerzas se van minando van. Es como una flor de invernadero sometida a las inclemencias del los vientos fríos y del hielo.

 La vida en los pazos se agita  tras la revolución de 1868; las pugnas de los caciques por ganar las elecciones muestran a dos bandos igualmente repulsivos para quienes lo único que cuentan son los intereses más ruines  de dominación y de extorsión de cada uno de los caciques en pugna. El Marqués de Ulloa,  representante de los conservadores y los carlistas, aclamado por el clero local, es llevado a esta pugna por vanidad, y acaba perdiendo la partida . El verdadero triunfador es  quien maneja los hilos en la oscuridad, es decir, Primitivo. Todo anuncia el final que sufrirán don Julián y Nucha.

"Los pazos de Ulloa"  es considerada la novela más naturalista de la literatura española del siglo XIX. No solo por la crudeza de algunas de sus escenas, sino sobre todo porque plantea el gran debate entre instintos y cultura, entre civilización y barbarie, entre libertad y determinismo. La cultura parece un elemento impotente en esa Galicia rural donde vencen los más bajos instintos, no solo los sexuales, sino también los sociales; donde la religión o se ha corrompido con un clero acomodaticio e ignorante o es arrinconada por viejas supersticiones.  Sabel es el triunfo del instinto sexual y su  instinto  maternal  no  va más allá que el de una gata.  Primitivo, su padre, es el egoísmo primario, el cálculo del animal de caza frío y terrible. Saca la sangre a los campesinos con el dinero que supuestamente tendría que ir a los arcones de Pedro Moscoso. El marqués no es realmente marqués, sino un hidalgo ignorante, brutal e inepto  cuya vida estúpida la llena con su afición a matar  animales, con borracheras extenuantes y con derecho de pernada señorial.  Las criadas están dominadas por supersticiones antiguas, el clero por la gula y la avaricia.  Esa naturaleza exuberante, que tanto apasionó a los románticos, y que cantara Rosalía de Castro en sus “Cantares Gallegos” o en “Follas novas”, es en” Los pazos de Ulloa”  una naturaleza de la que proceden  los peores impulsos humanos; es una naturaleza que representa el propio desorden social y humano de los personajes.  La cultura, la civilización la representen don Julián y Nucha, dos seres puros, blandos, pero   incapaces de modificar ni un ápice el pequeño mundo en que quedan aprisionados.


Pardo Bazán, inclasificable políticamente, pese a su autodefinición como conservadora y católica, muestra con crudeza que los dos bandos que se disputaban el poder, conservadores y liberales eran igualmente criticables: los conservadores, incluidos los carlistas, vivían de reivindicar privilegios pasados a los que su comportamiento presente no los hacía acreedores: vagos, ineptos, falsamente heroicos, embrutecidos, no podían darle al país ninguna respuesta civilizatoria. Su parte sana, representada aquí por don Julián o Nucha, era minoritaria; en modo alguno representaban el camino torcido  que seguía la clase social que tenían por suya. Los liberales, representados por Primitivo, no eran más que cazadores despiadados intentando hacerse con las presas del contrario. Para Bazán el ascenso de la burguesía se está haciendo del mismo modo en que asciende Primitivo: es el inversor del capital de la nobleza, que utiliza sobre todo para hacer la usura y controlar las voluntades de los endeudados campesinos. No hay nada del liberal con que soñaba Larra, el hombre innovador, que pone en marcha negocios e industrias, y está guiado por los principios de la libertad, la igualdad y la fraternidad. En la lucha entre la nobleza decadente, incapaz ya de dirigir el país y proponer una renovación de la cultura cristiana, y la burguesía usurera, ansiosa de hacerse rentista, sin más visión del país que la que afecta a sus insaciables bolsillos, gane quien gane, será negativo para España. Pardo Bazán abogaba por una élite cultivada, tolerante, activa, que, conservando lo mejor de la España cristiana, aprendiera  lo mejor que  la burguesía había producido en otros países
especialmene  en Francia. Será un debate que ocupará a los escritores españoles durante décadas. 

Es recomendable la lectura de esta novela, siempre teniendo en cuenta el contexto en que se produjo. El lenguaje de tan rico y variado puede exasperar a más de un lector. Mi consejo es dejarse llevar por la novela sin prisas. Contrariamente a los personajes de la obra, Pardo Bazán, como  sus muchas amistades intelectuales, era aficionada  a largas conversaciones y mantenía copiosa correspondencia con otros escritores. Vivió con pasión ese espíritu comunicativo  y discutidor de Ateneo, de las tertulias  y cafés urbanos. Leer “Los pazos de Ulloa” requiere entrar en ese espíritu del XIX  de párrafos largos y minuciosidad verbal.

viernes, 2 de agosto de 2019

LAS MORAS AGRACES, DE CARMEN JODRA DAVÓ

El pasado 24 de julio saltaba a la prensa una noticia que me dejó todo el día meditabunda  y pesarosa: había muerto la poeta Carmen Jodra Davó. Tenía 39 años. Había publicado dos obras, la primera "Las moras agraces" con la que obtuvo el Premio  Hiperión en 1999; la segunda, "Rincones sucios", publicada en 2004. Parece poca obra para una poeta que se dio a conocer con tanta fuerza a los 18 años; sin embargo, por lo que dicen quienes mejor la conocían, nunca dejó de escribir, aunque escribía  sobre todo porque ello  la hacía feliz, sin ningún afán por publicar. 

Desde, probablemente, la aparición de "Las flores del mal" (1857), ningún poemario ha conmocionado a la sociedad, al menos a su parte letrada.  "Las moras agraces" sin llegar a tanto, fue un acontecimiento muy reseñable en el pequeño mundo de la poesía española. Aun hoy,  quien lea los poemas de Jodra no podrá salir del asombro de que  una adolescente  de 16 años escribiera  con tanto dominio técnico y, sobre todo, con una belleza tan depurada. Los poemas tienen poco del pathos adolescente; sobre ellos sobrevuela una angustia emparentada indiscutiblemente con la de los poetas que nutrieron su literatura: Quevedo, Rimbaud o Baudelaire.   Una poeta, además, que se plantea desde el principio la inutilidad de escribir, quizá por eso,  publicó tan poco: hay tanto ya escrito y tan genial... Dirigiéndose a Baudelaire en un poema titulado "VAMOS A VER",  se plantea la imposibilidad de hacer algo nuevo en poesía:

Pero, señor,  si ya se ha hecho todo:
cada ocurrencia que pueda tener
ya la han tenido otros mil antes que yo,
ya la han escrito,
y,  si una vez lo hubo,
ahora ya sí que no hay nada nuevo
bajo el sol.

Así que Jodra no solo es consciente de que está sometida a una tradición que la posmodernidad dice agotada, sino que exhibe, en cierto modo, esas influencias. En la primera parte de las tres en que se divide la obra, la titulada significativamente APUNTES DE  LA BIBLIOTECA,  utiliza  estrofas clásicas  como el soneto, la silva, la lira o el sexteto;  recurre a motivos mitológicos ( Aquiles y Patroclo, Zeus y Leda, Amor y Psique) o a escenarios bohemios franceses;  hace suyos los estilos de diferentes poetas, desde  el de los petrarquistas españoles hasta el de los poetas malditos, especialmente Rimbaud, pasando un instante por los experimentos de Huidobro. Sirvan como muestra estos versos de  "Retrato gongorino"  donde hace una descripción barroca de   la belleza de un joven que va a  despertar con los primeros rayos del sol junto a un arroyo,  y que recuerdan, claro está, a la Soledad Primera de Góngora:

Al hilo dignifica la hermosura,
dulcemente inmadura,
del tendido durmiente,
porque en dieciséis  años
no ha habido tiempo aún para los daños
de tiempo cruel o práctica natura,
 que sacrifica el arte a la simiente;

O estos  dos sextetos  en que se dirige a Rimbaud y que tanto recuerdan  el cuadro de "Los bebedores de absenta" de Degas:

La náusea baja      desde la cabeza, 
muerta y corrupta,      fétida tristeza, 
mientras declina      un sol ya sin sangre. 

 Ahora, ahí  fuera     la gente trabaja, 
 y hay,  más o menos,     dinero en la caja,
y anzuelos nuevos    cuelgan del palangre.

Tú,  y yo contigo,      mi pobre maldito, 
en un burdel           no muy exquisito,   
 has vaciado           la botella verde, 

mientras la gente      que tiene tus años 
sueña con notas     y con  cumpleaños… 
Arthur Rimbaud          va-t-en à la merde! 

La  segunda parte, titulada "ÉPOCA NEGRA", se abre  con un poema  también gongorino en que reniega del poder del amor ( sería una réplica al "Déjame en paz, amor tirano"); su parte central es  lo que llama un ciclo  satánico, compuesto de seis sonetos, que son un homenaje espléndido a Baudelaire. Los sonetos son seis etapas que van desde la tentación del diablo para atraerla al vicio  hasta el descubrimiento final de la insatisfacción  que produce "el pecado", abocando al sujeto al vacío existencial, al Spleen.

Entre ellos destaca el tercero, el de la visita del demonio para tentarla, para cerrar el pacto:

Hoy viene a verme. Él, él en persona.
 No intento resistirme,  por supuesto.
 Irónico y burlón,  llega dispuesto
a “salvarme de lo que me obsesiona”:

tal  dice. Su  belleza desentona
con el eterno universal denuesto
del que le han hecho objeto; aparte de esto,
me ofrece lo que nunca se perdona.

Tendiendo, en fin, el ominoso pliego,
me ha mirado con ansia tan humana
que chispean sus ojos como el fuego.

¡Un alto precio por una manzana!
 Temblando igual que Él, respiro y niego,
 pero no sé lo que diré mañana.

Les siguen a los sonetos una plegaria, el OREMUS  también muy a lo Baudelaire, que acaba con este ruego:

Líbranos de la suerte y la desgracia,
 líbranos del odio y del amor,
de muerte y vida líbranos, Señor.

Esta parte incluye también el poema más desesperanzado del libro, y eso que tiene muchos. Es el poema en que aparecen las moras agraces que dan título a la obra:

¡Estériles! ¿Para qué lloras?
Si nunca podrás tener nada.
Si a demoras siguen demoras,
y la explicación huye alada,
y amargan tu lengua las moras
aún en agraz.
¿Y pides un poco de paz?

El drama es mil veces más viejo
que tú. Piensa en Grecia y en Roma,
y aún más atrás. No me quejo:
de siempre hubo cuervo y paloma
y la lucha atroz. ¿Un consejo?
Déjate estar.
La muerte te vendrá a buscar.

Porque nunca llega el verano
que endulce las moras agraces.
Amor ni divino ni humano,
ni salmos ni bromas procaces,
ni artista ni amigo ni hermano
te saciarán.
Ni vino ni agua ni pan.

Ni esto, ni eso, ni aquello.
Puedes probar cada camino:
acaban en nada. El destello
que un tiempo llamaste «divino»
no es luz, y apenas si es bello.
Es frío y cruel.
¿A qué preocuparse por él?

¿A qué tanta lucha, si luego
el fin es a todos igual?
¿A qué este jugar con el fuego,
si juegues bien o juegues mal
la muerte es el premio del juego?
¿O es el castigo?

¡Estériles…! Llora conmigo.

Hacia el final de esta segunda parte, introduce Jodra poemas de poca extensión  con rimas asonantes.  Se hizo muy conocido el titulado "Hastío", quizá por formar parte de una antología de mucho éxito, "Los lunes, poesía":

El bello mundo me produce asco.
Si pudiera, lo haría
saltar en pedacitos por los aires,
y con él a mí misma.
Yo no pedí vivir; si Tú me hiciste,
es tu culpa, no la mía.
Atrévete a juzgarme si tu pobre
criatura se suicida.


La tercera parte, titulada, LA VIDA REAL Y OTROS POEMAS,  es formalmente muy variada. No abandona las formas clásicas, especialmente el soneto, si bien  lo utiliza, sobre todo,  en clave burlesca; recurre al verso asonante  con mayor frecuencia e incluso al verso libre.  Se abren paso además metáforas que ya no tienen el sabor clásico  de la primera parte y Jodra busca un lenguaje de registro más directo y coloquial. El tono se ha ensombrecido, ya no solo no  sostienen el mundo las columnas del soneto petrarquista ni el imaginario mitológico, tampoco  el diablo puede cargar con él.
 Especialmente tétrica es esta reunión  de jóvenes... viejos  de la que habla  el  poema que cierra el libro, con el título  POST MORTEM: 

Una ocasión de reencontrar
          a los que se quedaron
en el camino, o se marcharon
lejos...

Una ocasión de recordar
           lo  que pasamos juntos,
y saludar a los amigos
viejos...


Será, creo yo, como una fiesta gay
Sin más preocupación de allí adelante,
sin leyes, porque no hay ladrón sin ley,
y aquella chica rubia de ahí afuera
con la cara, ¿recuerdas?, de mi amante,
aquella que murió en la carretera...


Una oportunidad de ver 
          el mal que nos hicimos,
pero ahora  ya sin el menor
reproche...
Que todo está pasado ya..
         Y andar por el paseo
que lleva al mar, charlando, por
la noche...


Será, creo yo, como una fiesta gay.
Sin más preocupación en adelante,
sin leyes, porque no hay ladrón sin ley...
...¿Quién es la chica rubia de ahí afuera?
con la carita misma de mi amante,
de Aida, la que murió en la carretera...?


Esperemos que  a Carmen Jodra  se la recuerde más a menudo de esa forma en que todo poeta quiere ser recordado, leyendo su poesía.



















miércoles, 31 de julio de 2019

LA DELICADEZA, DE DAVID FOENKINOS

 
 A "La delicadeza" de David Foenkinos le llovieron en su día varios premios, algunos gordos y otros de pedrea, hasta cambiarle el título por "la novela de los diez premios". A estas alturas tantos premios no son indicadores más que de dos cosas: una, que  la industria editorial tiene en los premios una de sus palancas de promoción; dos, que la crítica se pone del lado de los libros con los que las editoriales hacen caja. 

     La novela es un producto típicamente francés, una de esas "delicatessen" que se exportan al mundo haciéndolas pasar por productos de calidad cuando no son sino un sucedáneo.  El argumento de la novela no es sencillo, sino simplón, porque la verdadera sencillez requiere de  un esfuerzo  y de  un talento muy superiores a los mostrados por Foenkinos. Se trata  de  las dos historias de amor- separadas por un duelo-  que vive   Nathalie, bella y francesa,  una ejecutiva exitosa en un empresa sueca.  Un día aparece  el amor de su vida en un encuentro casual en una cafetería parisina; un milagro de la cotidianidad que solo puede cobrar todo su encanto en París. Con François vive siete años de matrimonio perfecto, sin desgaste; pero  los amores felices, como dijo Tólstoi, son todos iguales ,que es como decir que no dan para una historia, así que  algo tiene que pasar para que Foenkinos pueda seguir escribiendo su novela. Aquí la muerte accidental es un maravilloso recurso que nos evita visitas a los hospitales. François  es atropellado por una vendedora de flores el día en que  esta iba a entregar un ramo de flores a una novia. ¡Qué fatalidad más literaria! Nathalie va a vivir unos años de duelo; lo sabemos porque nos lo dice el narrador y hemos de creerle bajo palabra. En la empresa en la que trabaja, como es previsible,  despierta el deseo de muchos compañeros y el amor de, por lo menos, dos.  De la plantilla masculina,  Foenkinos elige al jefe, Charles, y al pringado, Markus, para que se disputen el amor de la dama.  En una novela  sentimental francesa "comme il faut"  el jefe no tiene ninguna posibilidad; el jefe encarna al tipo  con un poder solo aparente y, por supuesto, malcasado,  que en el fondo es un desgraciado y un cretino.  Markus, por el contrario, es el desgraciado que esconde la ternura y la delicadeza bajo sus formas  toscas y su físico poco agraciado. Es, por supuesto, quien conquista a la bella Nathalie. Parece un remake  de la Bella y la Bestia y, quizá sea esa su fuente de inspiración.

     David Foenkinos, como otros escritores, sabe muy bien lo necesitados que andamos los adultos de cuentos para niños grandes. Hay un nicho de mercado importante y  es lógico que alguien lo aproveche.  Andamos mohínos y desesperanzados; nos hemos vuelto todos, "à contrecoeur".  unos posmodernos que sospechan del optimismo, de los buenos sentimientos, de las historias bonitas y no digamos de los finales felices.  Queremos que la vida nos dé segundas oportunidades o terceras, o las que sean;  queremos  epifanías delante de un café o un zumo de melocotón; anhelamos  poder darnos  el gusto de dejar el trabajo, así a las bravas, porque el jefe es un  baboso;  queremos que ese mundo del que nos hablan los escritores aguafiestas sea más amable y tenga un sentido, si se lo da el amor, miel sobre hojuelas; queremos que nos orienten y sobre todo, queremos que no nos digan que al final de todo camino está el fracaso y el abismo. La novela de Foenkinos es muy bonita, solo que no consigue que esa belleza que, como decía John Keats, es la verdad.

martes, 30 de julio de 2019

STONER, DE JOHN WILLIAMS: UNA NOVELA IMPRESIONANTE

El título de la novela avisa con certeza de que toda ella va a girar en torno a su protagonista Stoner. Williams Stoner, nacido en 1891, crece en una granja de Missouri, entregado estoicamente a las duras labores del campo. En 1910 ingresa en la Universidad de Columbia para estudiar Agricultura y poder mejorar las prácticas agrícolas paternas. De forma inesperada, su destino, que parecía fijado inexorablemente, hace un quiebro y  lo lleva en una dirección inesperada: un profesor de literatura inglesa lee el soneto 73 de Shakespeare, y Stoner tiene una epifanía, un deslumbramiento, un enamoramiento súbito de la literatura que le hará abandonar la azada y quedarse como profesor durante el resto de sus días en la universidad, su refugio irrenunciable en que  lo arropan “ las grandes almas que la muerte ausenta”. Por allí pasará la Histora dejando sus huellas o sus ecos: La Primera Guerra Mundial en la que muere uno de sus dos únicos amigos, el Crac del 29 que lleva a la ruina la granja de sus padres y al negocio de su suegro, la Segunda Guerra Mundial, que destroza por dentro a sus supervivientes. Todos esos terroríficos fracasos  dejan un desaliento perpetuo en la memoria, aunque, después de ellos, haya que seguir viviendo la vida con sus rutinas, sus rencillas, sus mezquinas aspiraciones. A esos fracasos colectivos suma Stoner sus fracasos privados en todas las facetas que para el individuo común vertebran la vida: la integración en una comunidad, su matrimonio, su paternidad, su labor profesional… Todo ello es fuente de un dolor  que Stoner afronta con el estoicismo antiguo de los viejos campesinos hechos a no preguntar a los elementos adversos de la naturaleza por qué suceden y menos aún, por qué les suceden.


La historia de fracasos de un ser gris que caerá en el olvido poco tiempo  después de su muerte ha sido contada miles de veces, pero pocas con la humildad, sencillez y veracidad  con que lo hace John Williams. La trama escrita sin subrayados climáticos, sin una palabra más alta que la otra, sin ningún juego pirotécnico, discurre en un ambiente opresivo de tristeza difusa y  agarra al lector a la silla, no lo suelta, lo mantiene en vilo como nos mantienen en vilo los presagios que tienen la mala costumbre de cumplirse. Pese a su grisura, Stoner destaca por encima de todos los otros personajes en que no se rinde a la destructividad moral de la época.  Él se aferra a la dignidad de su trabajo, a la dignidad de sus ancestros, al principio de no hacer daño a los demás aunque no acierte a hacerles el bien; se aferra a la belleza de los libros que hablan un lenguaje olvidado cuyo latido es casi imposible de recuperar.


Lean esta novela  y, si les ha gustado,  recomiéndenla allá donde estén y adónde vayan. Más de uno de sus amigos puede vivir una epifanía con John Williams.

sábado, 27 de julio de 2019

De Madrid al cielo, de Ismael Grasa


En “De Madrid al cielo” su protagonista, Cayetano Zenón, excantante y guitarrista callejero primero, tratante de muebles y libros usados después, nos narra en primera persona  los avatares de su vida en unos días de otoño de 1993. Es la narración de un declive, por utilizar las palabras del protagonista, que se niega a vincularse a la situación histórica de crisis que vive el país, aunque evidentemente estén vinculados.
Los horizontes de Zenón no son otros que encontrar qué comer ese día y dónde y cómo conseguir el dinero para pagar el alquiler. Para hacerlo, prescinde de principios morales incómodos. Sus amistades o meros conocidos son desechos de  un desguace social: amistades perdidas de su época de comunista, un expresidiario, caseros inmisericordes, vecinos espías,  jubilados que pasan sus días jugando al ajedrez en el Retiro, libreros graciosillos de la calle Moyano, taberneros que de vez en cuando le fían un vaso de alcohol, drogadictos que se arrastran por la plaza de Santa Ana o Tirso de Molina...

Zenón nos narra los vaivenes de sus días  con una ironía distanciadora impostada, como el pobre que no quiere ni compasión ni siquiera comprensión de su situación. Su narración es salpimentada por citas tomadas de  aquí y allá en esos libros que primero roba y luego malvende en las librería de viejo. Su declive no parece sino la  rutina de la miseria  que lo llevará cuesta abajo a una muerte insignificante. Esa monotonía   la rompe repentinamente el asesinato de una joven que atrae a Zenón, y de la que, como tantos otros, se aprovecha.  La joven Paula, que se prostituye para pagar sus dosis de heroína, aparece brutalmente asesinada  en la cama de Zenón. Libre de las sospechas de la policía, el protagonista se dedicará a buscar al culpable de esa muerte. Cuando lo descubra, se romperán las pocas costuras que unen a Zenón a la sociedad.

Durante la lectura de la novela, hay algo que se hace familiar al lector, aunque sea esta la primera novela que  se lea de Grasa; y es que Zenón es un personaje creado  siguiendo la estela de novelas como "El laberinto de las aceitunas" o "El misterio de la cripta embrujada", de Eduardo Mendoza. El humor desacredita al propio narrador ( un narrador no confiable), incluyéndolo en la crítica de lo que critica. Zenón se vende tan fácilmente como cualquier otro. Sus citas librescas se mezclan en su cerebro como unas páginas rotas en un cubo de basura. Otra influencia detectable, a mi entender, es la de Pío Baroja: los personajes episódicos son descritos con nervio, en pocas palabras y como estereotipos fácilmente reconocibles. Son personajillos oscuros, mediocres, pequeños guijarros  del pavimento pisoteado de Madrid. 

La novela hace pruebas  con algunos recursos del género policiaco o negro, pero como cabos  sueltos que no trenzan  una verdadera investigación o un cuadro de los bajos fondos según esos subgéneros. La impresión es, valga la redundancia, algo impresionista. Quizá  dar la sensación de historia deshilachada esté entre las intenciones del autor. A pesar de todo,  es una novela que se deja leer con facilidad y despierta  cierto interés. Para mí ha sido  un reencuentro con una España, la  de 1993 o 1994, que nos recuerda que en este país las cosas nunca fueron tan bien como a veces pensamos con nostalgia, ahora que estamos sumidos en una crisis  insondable  en que el humor desmitificador de Grasa es un juguetito que ha perdido parte de su gracia.




viernes, 19 de julio de 2019

Nadie nos oye, de Nando López


Un adolescente de diecisiete años aparece muerto a  causa de una feroz paliza. El hecho causa estupor y terror entre los compañeros del joven y entre algunos adultos del Zayas, colegio que destaca por su equipo de waterpolo, del que formaba parte el asesinado.

Ni un solo testigo, ni una sola prueba que señale al culpable. Los primeras investigaciones y las primeras iras se desatan contra el colegio Távora, donde es numeroso el alumnado inmigrante: hay reciente episodios que revelan la hostilidad existen entre el Zayas y el Távora. Dos personas del Távora intentarán desentrañar lo sucedido: Emma, una psicóloga contratada por su vieja amigo Víctor para que intente mejorar la moral del equipo de waterpolo e indaga en las causas que lo están haciendo bajar de nivel, y Quique, uno de los miembros del equipo de waterpolo, e hijo de Ernesto, el jefe de estudio quijotesco del Távora. Tanto Emma como Quique perciben demasiados silencios fuera y dentro del equipo, demasiados comportamientos evasivos y demasiados miedos a punto de eclosionar.

La resolución del crimen, el desenmascaramiento del asesino es el motor que impulsa la novela; el autor va entrecruzando con bastante habilidad temas muy cercanos a los adolescentes: las inseguridades y timideces, las dudas existenciales, la preocupación por la aceptación en los grupos, la homofobia más o menos agresiva, el abuso del alcohol, la irrupción de la extrema derecha en los institutos, el acoso escolar, las discriminaciones por clase social o por   étnica, la violencia de género,  la cobardía de los adultos ante los problemas, los intereses ocultos tras las vocaciones, las amistades que ya no serán nunca jamás para siempre… Un cóctel  bien mezclado y bastante bien dosificado, si bien es imposible que una novela juvenil no caiga en ciertos tópicos y, sobre todo, en el lenguaje políticamente correcto.

Para evitar dar únicamente la visión de un adulto, el autor alterna las voces de la psicóloga Emma y de Quique, uno de los componentes del equipo de waterpolo. La elección es inteligente porque así el lector está en situación de completar y matizar la información y las opiniones de una y de otro. Esto también ayuda a que el ritmo sea más ágil y no se caiga en la rutina pese a las repeticiones a las que asistimos.

Las tensiones que va creciendo en el grupo de waterpolo están trazadas con mucho tiento, y hacen que descubramos el desenlace como inevitable, aunque no solo por  los determinantes emocionales de los personajes, sino también porque a veces el azar hace que coincidan en el mismo espacio-tiempo varios individuos que hubiera sido mejor que no hubieran coincidido.

No diré que es una novela que, siendo del ámbito juvenil, alcanza tanta calidad que puede entrar en la categoría de literatura a secas. Sin embargo, es una obra que se lee fácilmente y no aburre. A los chavales de 17 años estoy segura de que les encantará.

miércoles, 17 de julio de 2019

LOS MANDIBLE, UNA FAMILIA: 2029-2047, DE LIONEL SHRIVER

   
Las crisis son momentos en los que el miedo se dispara socialmente, pero también la tendencia a  analizar las corrientes del presente que pueden llevar al despeñadero en un futuro. En nuestro tiempo, al que tantas veces se califica de “acelerado”, el futuro temido parece más cerca: Lionel Shriver en  “Los Mandible: una familia 2029-2047”  lo situó a 12 años del año de la publicación del libro (2016) y 12 años no son nada históricamente ni siquiera a escala individual. 

     Un de los rasgos más brillantes de esta novela es la elección de los  personajes, con quienes muchos lectores se pueden sentir identificados  porque que el asunto les toca muy de cerca y muy de lleno. El desarrollo del colapso socioeconómico es radiografiado a través de cuatro generaciones de una misma familia que coinciden en el tiempo. No se trata de la caída de una bomba nuclear que de un día a otro cambia la vida de los personajes sumergiéndolos en un escenario de Mad Max; Shriver consigue graduar con maestría el deterioro económico, social y psicológico de la sociedad estadounidense. La escasez de alimentos, de agua, de energía; la caída en el desempleo y la marginación de capas y capas de la sociedad que nunca se habían sentido amenazadas; la ruina del estado, incapaz de hacer cumplir las leyes, entre ellas la más sagrada para EE.UU., la defensa de la propiedad privada; los terribles problemas de higiene que recuerdan al mundo medieval; la actitud despiadada de los bancos con los hipotecados; el uso de las tecnologías para realizar un control  cada vez más autoritario y deshumanizador;  la situación de estrés permanente de millones de individuos... que luchan cada minuto por la supervivencia... todo ello es narrado con una viveza y una verosimilitud que llena de inquietud y pánico al lector. 

     El desencadenante del colapso, con el que se puede estar de acuerdo o no, es la enorme deuda de los EE.UU., que se ha valido de la imposición del dólar como moneda de reserva e intercambio internacional para hacerse, a cambio de “papelitos,  con enormes  recursos ajenos. Llegado el momento en que otras potencias (China, Rusia) se niegan a sufragar a cambio de nada la economía estadounidense y exigen el pago de la deuda, EEUU se declara insolvente y se niega a pagar. Opta por el aislamiento y queda fuera del mercado internacional. Su propia producción es incapaz de abastecer a sus habitantes de los bienes básicos y se desata una inflación terrible. China, Rusia, Europa parece estar algo mejor que EE.UU., pero aun así también están inmersos en un cambio traumático.

     Ese es el contexto en el que viven los Mandible, cuyas diferencias internas ( hay Mandibles rico y Mandibles pobres)  acaban por igualarse ante la incredulidad de los afectados. La institución refugio es la familia; en cierto modo, esta novela es un canto a los vínculos familiares, los únicos que resisten la descomposición social y son capaces de frenarla en un cierto estadio. No quiere decir esto que las relaciones familiares sean idílicas en la novela, más bien muestran las tensiones en grados extremos, por eso lo sorprendente es que esos vínculos no salten por los aires con todo lo demás. Quizá la autora es demasiado optimista.

     Otras corrientes que están actuando en nuestro presente y nos llevan a un futuro incierto son solamente sugeridas de vez en cuando en la novela, especialmente las consecuencias del cambio climático y el declive irreversible  en la extracción de combustibles fósiles ( petróleo, carbón y gas natural). Esto me hace pensar que,  pese a la  dureza de la situación que muestra Shriver, se ha quedado corta y lo que muestra es un colapso suave.  Incapaz de sustraerse a los mitos estadounidenses,  la autora no ve más esperanza para ese mundo quebrado  que la familia, como he dicho antes, y el ideario liberal,  que coloca la libertad individual por encima de respuestas de organización colectiva. Toda la obra es un sálvese la familia o el individuo que pueda.



martes, 16 de julio de 2019

LA CIUDAD DORMIDA, DE GABRIEL INSAUSTI

En una obra en que el autor visita cementerios parisinos, permítanme que yo también empiece por el final: este peculiar libro, mezcla de ensayo y de guía de viaje, me ha entusiasmado tanto que lo tengo en esa lista, no muy larga, de "libros que tengo que releer". 

Seguramente la intención última de Gabriel Insausti sea darnos unas estupendas  clases de literatura, sobre todo francesa, pero utilizando un vehículo inusitado: un itinerario de cementerio en cementerio parisino donde reposan los huesos de escritores, casi todos  de enorme significación en la literatura occidental. El autor nos va a dar cuenta del drama de la modernidad y de  su crisis siguiendo la última huella humana (las tumbas ) de  Baudelaire, Gautier, A. Villiers de l`Île- Adam, Maupassant,  Huysmans,  Wilde, Proust, Apollinaire, Joseph Roth, Max Jacob, Sartre, Beauvoir, Tzara, Ball , Beckett y Cioran.

La mayoría de estos autores ejemplifican el desgarro de lo que a finales del XIX Nietzsche llamará "la muerte de Dios". Dirá el filósofo alemán  que sus contemporáneos no habían entendido en profundidad lo que esta suponía. Como luego dirán los posmodernos, la muerte de Dios es el final de los grandes relatos, no solo del relato religioso, sino también del de la  Ilustración  con su fe en el progreso y, después,  del  marxismo, con su fe en la misión redentora del proletariado.  Desde luego, Baudelaire es el poeta que con más fuerza y originalidad sintió el cataclismo antes de que Nietzsche le pusiera nombre. Aferrándose al demonio, al mal, al vicio,   Baudelaire  no hacía sino afirmar a dios: no se puede exaltar el pecado si no hay un código moral dentro del cual este opere. De una manera u otra, la literatura posterior sigue los pasos de este poeta al que Verlaine instituyó en padre de los "poetas malditos".

 Gabriel Insausti nos muestra a estos escritores poseídos de la aguda conciencia de seres caídos  cual albatros o expulsados del  paraíso, paraíso para el cual no existen, en realidad, sustitutos artificiales por más que los buscaran afanosamente.  El pasado reviste  las formas de la nostalgia o del resentimiento;  el futuro la forma de la desesperanza  y la desesperación.  Muchos de estos escritores acabarán buscando el sentido de la vida en una especie de monaquismo laico, sobre todo,  cuando el refugio del arte y del esteticismo se muestre también insuficiente o inviable, y los deje en la intemperie. 

El tema de ese  malestar,  de esa angustia de hombres modernos es el  fondo que unifica los distintos capítulos de la obra de Insausti; pero hay otros elementos que le dan unidad y fluidez , y esos elementos son sobre todo narrativos. De forma bastante original, hay un desdoblamiento del autor en dos personajes que llama  "el narrador" y "el viajero", más  una voz narrativa en tercera persona. Con humor y  con fina  ironía nos cuenta las vicisitudes por las que pasa el dúo narrador-viajero para llegar a los cementerios y localizar las tumbas; nos  describe  estas estableciendo siempre una especie de simbología  entre esos monumentos  y la vida y la obra  y sobre todo, el final de los escritores allí enterrados. Porque Insausti se complace en hablarnos del tramo final de la vida de los escritores, de sus enfermedades, de los amigos que los rodearon o abandonaron, de las últimas palabras proferidas, de los momentos posteriores a su muerte, de los funerales, de la despedida ante la tumba abierta... También  recoge pequeñas anécdotas  vinculadas a otros visitantes anónimos de los cementerios o las conversaciones con amigos o conocidos de paso por París; especialmente sustanciosas son las opiniones de la mujer del narrador-viajero que pasa un fin de semana con él y es arrastrada por su marido a hacer ese turismo tan peculiar.

No me queda sino añadir que en mi próximo viaje a París  utilizaré de guía este libro, porque si bien es cierto que la única manera de acercarse a un escritor es leer su obra, no es menos cierto que estamos muy necesitados de rituales, como bien sabían todos esos muertos.






lunes, 8 de julio de 2019

TIERRA DE MUJERES, DE MARÍA SÁNCHEZ



Tierra de mujeres es una mezcla de testimonio biográfico y de ensayo que propone una visión del campo, del mundo rural que se aparta por igual del idealismo bucólico, tan frecuente en la literatura desde Teócrito o Virgilio,  como del tremendismo rural, tan frecuente en crónicas periodísticas y novelas como las Vida de Pascual Duarte.  Bien es cierto que en la parte  de la obra dedicada a tres mujeres de su familia (una tatarabuela paterna, su abuela materna y su madre) la autora adopta un  tono lírico de  rememoración  que embellece la realidad aunque siempre sin dar la impresión de falsearla.

María Sánchez sigue una tradición masculina de la familia: es veterinaria como lo fueron su abuelo y su padre. El punto neurálgico de este testimonio es  la toma de conciencia de que su  admiración de las figuras masculinas de su familia es sospechosamente correlativa  a su desconocimiento y a un poco de desprecio de la línea femenina. María Sánchez reconoce que es el momento histórico que vive, con un movimiento feminista ascendente  y combativo, el que le hace dirigir una mirada crítica a su propia actitud de ninguneo hacia la rama femenina de su familia. Maneja por ello el concepto de invisibilización. Las mujeres del campo son invisibles para todos, incluso para ellas mismas, que no han podido construir un relato, un discurso de sus vidas en la convicción  de que no se lo merecen. 

 Este hilo argumental, la invisibilización de las mujeres, se cruza con la invisibilización del mundo rural. Las mujeres del campo no tienen voz y las voces masculinas que han contado la vida del campo siempre han sido de autores ajenos a este mundo, siempre  han sido forasteros que han visto en este mundo un refugio de la ciudad o han ido a ese mundo a resolver conflictos internos: han dejado también sin voz propia a los campesinos que casi siempre caricaturizan. 

María Sánchez no se siente una voz ajena a ese mundo sino alguien  enraizado  en él por las vivencias de su infancia y por su propio trabajo de veterinaria.  No está tampoco sola en la reivindicación de la mujer del campo y del mundo rural. Nos revela  que hay todo un movimiento en la Península que lucha  por darse a conocer, por salir de las sombras, por reivindicar el mundo rural y a ellas mismas  en este. 

El ensayo está escrito de una manera más convincente y emotiva de lo que conseguirá nunca un ecologista urbano. En las palabras de María Sánchez hay autenticidad, convicción y sobre todo, mucho amor. Una obra a la que merece la pena dedicarle unas horas de lectura. Como poco, el lector  no volverá a pasar por estos pueblos rurales consultando tan solo las opiniones de Tripadvisor sobre sus hoteles con encanto y su restaurantes con productos de la tierra.




domingo, 7 de julio de 2019

ORGULLO Y PREJUICIO, DE JANE AUSTEN

Orgullo y prejuicio narra la historia de los  Bennet, una familia de la clase media agraria inglesa  compuesta  por el matrimonio Bennet  y cinco hijas en edad “de merecer”: Jane, Elizabeth, Mary, Kitty y Lydia.  La ley discrimina en la herencia la descendencia femenina; por lo tanto, las posesiones de los Bennet, entre ellas la propiedad de Longbourn,pasarán al pariente masculino  más cercano una vez muera el señor Bennet. Dicho pariente es el señor Collins.

Como para  tantas familias de la época, el peligro de que las hijas caigan en la miseria, hace de un buen matrimonio una necesidad perentoria. La versión descarnada de esa necesidad está representada por la señora Bennet, que se lanza sin rubor alguno y sin sentido del ridículo a la caza de los candidatos para  yernos en cuanto tiene noticia de ellos. El padre vive el asunto con apatía, como quien espera que los problemas se solucionen por sí mismos. Las dos hijas mayores, Jane y Elizabeth, aun comprendiendo la necesidad para su supervivencia de encontrar marido, no están dispuesta a sacrificar  su dignidad, ni a  contraer un  matrimonio que no responda a sus sentimientos y su libertad individual, indisoluble, de todos modos, de su lucha por no descender socialmente. Las otras tres hijas reflejan el romanticismo alocado de funestas consecuencias. Con estos presupuestos, la novela analiza las vicisitudes de las relaciones  de Elizabeth y Darcy, y de Jane y Binglay, sometidos a la tensión de una inclinaciones amorosas que  chocan contra   diferencias de clase.  Eso son los dos ejes de la novela sobre los que pivotan los demás hilos argumentales. 

Con tales mimbres, Jane Austen podría haber tejido una novela convencional en que dos guapas damiselas ascienden socialmente gracias a una calculadora  administración del amor que provocan en dos hombres y una férrea  contención emocional.  Sin embargo, la autora crea un microcosmo convincente que no encubre las tensiones sociales a las que están sometidas las mujeres, pero destaca el papel activo de estas en el único asunto en que la sociedad les ha dicho que les va la vida. Especialmente, esta autoconciencia de su situación es profunda en Elizabeth. La joven conquista a Darcy precisamente por su independencia de criterio, en modo alguno por su sumisión. Austen nos ofrece el despliegue de la introspección del mundo de Elizabeth y de Darcy como escenarios de dos individuos que quieren ejercer un control sobre sus vidas y  evitar las equivocaciones  morales que pueden acarrear el orgullo y el prejuicio, tanto personal como de clase.

Austen consigue que su novela sea como una  partitura en que ningún instrumento emite  estridencias, ni siquiera  en los momentos cómicos y paródicos, y todos cooperan en una pieza llena de mesurada ironía y  profunda comprensión de las pulsiones humanas.  Por lo demás, la captación del microcosmo familiar y de este inserto en la Inglaterra agraria es genial, convincente e inolvidable. Quizá los caballeros de Austen sea demasiado caballeros para nuestra credulidad; sin embargo, la autora,  en esos hombres, no solo describe lo que ve, sino que propone un prototipo emocional de hombre más cercano a las aspiraciones de las mujeres. Lo cual es totalmente lícito, habida cuenta de que la literatura escrita por hombres está plagada de prototipos femeninos  moldeados  en función de expectativas masculinas.

Les recomiendo vivamente esta lectura para el verano; a  veces es bueno tomarse unas vacaciones de nuestra época y viajar a otros territorios temporales salvados por la literatura.

martes, 2 de julio de 2019

Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett

     Son numerosos los escritores que han intentado conjurar la pérdida de un ser querido con  lo que alguien llamó  "una tumba de papel". La tarea no es fácil porque de lo que se trata es de salvar del olvido definitivo a un ser que se siente como único e irrepetible, pese  a que es uno más en la masacre cotidiana de la muerte. Quien escribe también intenta singularizar su duelo, su dolor, sin caer en tópicos de manual de autoayuda o repetición de lo que otros muchos ya han dicho. Piedad Bennet  lucha por  encontrar  palabras para nombrar lo que no tiene nombre ( como dice Peter Handke), es decir, para el sufrimiento, el horror, la impotencia ante la desaparición de un ser querido y también, para sus años agónicos de enfermedad.

     Daniel, el hijo de  la autora , se suicidó quizás empujado  por los sufrimientos de  una enfermedad mental, la esquizofrenia, enfermedad que Bonnett también se niega a nombrar para no etiquetar  hasta muy avanzado el texto. La obra es un recorrido por los años en que su hijo y la familia luchó, llena de desaliento y de breves rayos de esperanza, contra esa terrible enfermedad y los presagios de un final trágico. Hay un afán de explorar con templanza el camino recorrido por su hijo como si en algún punto de la trayectoria se hubiera podido desviar el desenlace. No es que Bonnet caiga en un flagelante " si yo hubiera hecho esto, si hubiera sido más observadora, si hubiera tomado otra decisión...", pero el afán de comprender a Daniel y de comprenderse a ella misma son evidentes. El libro es también un intento de evitar que en su propia  memoria quede una imagen fija y pobre de su hijo; las palabras le permiten realizar  -llega a decir-  un retrato fluido, móvil, vivo.  Es el último regalo que le puede hacer a su hijo, algo así  como un segundo parto.

     El libro nos muestra, como dirá Héctor Abad Faciolince " que no hay consuelo. Y que sin embargo vale la pena escribir que no hay consolación..." Al lector sin embargo le desconsuela no poder hacer lo mismo por sus seres queridos que no tendrán "ni una tumba de papel de aquí a no muchos años.



lunes, 1 de julio de 2019

Tumbas y mistificaciones literarias

A menudo me han dicho que es un gusto de turista morboso ese de ir a visitar cementerios para dar con las tumbas de  mis escritores admirados. Hay en ello algo de búsqueda del tiempo perdido, un intento inútil, como todos, de tenderle una trampa a la muerte justo en el lugar donde muestra su triunfo. Pero si  algo nos permite Internet es comprobar que nunca estamos solos en nuestras aficiones, por denostadas que estén en nuestro círculo más reducido. Eso pensaba cuando leía la excelente reseña en Devaneos sobre "En la ciudad dormida" de Gabriel Insausti. Luego de leer la reseña y anotar la obra,  he continuado con el libro que me traía entre manos, "Lo que no tiene nombre"de Piedad Bonnett, un libro en el que me vuelvo a encontrar - las casualidades  son otra ilusión de un orden secreto de las cosas- con esa extraña afición que tiene mucho de mitomanía. Bonnett capta muy bien la diferencia entre la mistificación literaria  de esas visitas y la realidad cuando nos toca desnuda y nos desarma. Les dejo el fragmento:


Emilia Pardo Bazán, de Isabel Burdiel

Llegué a la nueva biografía de Emilia Pardo Bazán, escrita por la historiadora Isabel Burdiel,  por una entrevista que se le hizo en la  Fundación Juan March. Me dije: "Si la obra es tan  extraordinaria como la entrevista, es un libro de ineludible lectura". Acabo de leer la biografía y efectivamente, es un texto extraordinario.

Isabel Burdiel sale con sobresaliente de todos los retos que plantea la escritura de una biografía: la documentación es rica, variada y contrastada, pero lejos de ahogar al lector en un maremagnum de referencias y  citas, la narración fluye amena y atrayente, dando al lector la posibilidad de interpretar el material citado con detenimiento. También consigue que, pese a que el centro de atención sea la biografiada (como es lógico), el contexto histórico cobre un relieve complejo, vivo, significativo. Durante muchas páginas el lector se mete en la España  anterior a la Restauración y sobre todo, en la España de la Restauración. Nunca había leído una biografía donde el biografiado se entienda  a la vez como ser único y como ser histórico y que ambos aspectos se hagan inseparables. Otro mérito indiscutible es el cuidado de la autora en no sobreinterpretar, en no dejarse llevar por la imaginación, en dejar claros los propios límites que se impone  para poder afirmar algo. 

En las página de esta biografía, Pardo Bazán cobra vida, la llegamos a aprehender a sabiendas de que la complejidad de cualquier ser humano es en el fondo inaprehensible incluso para sí mismo. Fijar lo cambiante, he ahí un reto impresionante. La percepción más perseverante sobre Pardo Bazán es el de una mujer que no se dejó encasillar pese a las presiones gigantescan que lo intentaron y en cierto modo, lo consiguieron. Pardo Bazán luchó contra condicionantes inmensos; que superara muchos no se puede explicar únicamente porque tenía una fortuna propia que le permitió emanciparse donde a otras mujeres les fue imposible. Había más; había una energía combativa y una clarividencia sobre  el terreno de juego que se le imponía poco común. Intentó ser una igual entre  sus amigos intelectuales, la mayoría hombres; no lo consiguió plenamente, pero en esa lucha puso de manifiesto las limitaciones de la masculinidad de la época. Se declaró feminista radical cuando las feministas en España eran muy pocas y sobre todo cuidaban su vida privada para conservar la honorabilidad femenina según la entendían los hombres. Pardo Bazán se atrevió a vivir su vida según sus propios criterios, se atrevió a hablar de tú a tú a hombres que la consideraban una anomalía de la naturaleza, un marimacho; desmintió uno a uno todos los supuestos límites del cerebro femenino. Se interesó intensamente por la política y la literatura, y no solo participó en todas las polémicas de su época sino que fue una verdadera agitadora, tanto o más que lo fuera Unamuno, con el que, por cierto, tuvo una gran amistad. Atacada por su físico, atacada por llevar una vida independiente pese a ser madres de tres hijos, separada extraoficialmente de su marido, nunca se acobardó. Nacionalista y cosmopolita,  católica en ideas pero fuertemente individualista  y liberal en sus comportamiento, fue una escritora con un fuerte sentido profesional de su tarea. Consciente de que el escritor y cualquier ser público, ha de crearse una imagen y tiene que promocionar sus productos,  defendió sin complejos la literatura como  una actividad económica. Sabedora de  que para ser alguien en el mundo cultural de su tiempo, tenía que tejer una vasta red de complicidades, lo hizo con tesón y sin descanso. Busco, como mujer, una relación amorosa con un hombre que fuera un igual; creía en el amor-amistad, frente al amor románticos, pero también frente a todo amor que presupusiera  sumisión de la mujer al hombre. Fue con Benito Pérez Galdós con quien estuvo más cerca de esa relación inter pares. Pese a lo mucho que criticaron sus viajes en solitario, especialmente a París, nadie pudo acusarla de abandonar a sus hijos, seguramente porque contó con la complicidad de su madre, que apoyó plenamente su carrera y la ayudó a criar a sus hijos. Tuvo muchos enemigos ( algunos que empezaron siendo amigos), entre ellos a Leopoldo Alas Clarín, que pareció ver en ella el tipo de mujer que más íntimamente ponía en peligro sus seguridades masculinas. Aun así, Clarín nunca negó el talento y la maestría de Pardo Bazán, a la que está claro que admiraba como escritora.  

La pregunta que como lectora me ha asaltado una y otra vez es ¿de dónde sacaba tiempo Pardo Bazán para todo lo que hizo en la vida?: escribió miles de artículos, cientos de cuentos,  impartió cientos de conferencias,  escribió novelas y miles de cartas...  fundó una revista en la que ella lo escribía todo, tuvo una vida social y familiar intensa,  realizó numerosos viajes, vivió dos historias amorosas por lo menos,   tuvo muchos amigos cuya amistad cuidó , atendió a sus hijos, hizo frente a pleitos,  fue catedrática de Literatura... No cabe duda de que Pardo Bazán vivió intensamente.  Cuando Isabel Buriel llega a los momentos anteriores a la muerte de doña Emilia, nos dice, basándose en testigos del momentos, que no se fue con alegre resignación. Seguro que le costó abandonar una vida y un ser del que disfrutó profundamente.