Menú

martes, 4 de agosto de 2020

SÓCRATES ENAMORADO, DE ARMAND D`ANGOUR

Hace unos días acaba la novela del psicólogo y novelista  Ignacio  García-Valiño “Las dos muertes de Sócrates”; hoy he acabado  “Sócrates enamorado” de Armand d`Angourd, profesor de Estudios Clásicos en  Oxford. Ambas obras son de diferente género: la primera es una novela con rasgos de dos subgéneros  narrativos(el policiaco y el histórico), la segunda una biografía que juega con la documentación, su interpretación, los intersticios de la historia y la imaginación del autor. Pese a sus diferencias, me ha llamado poderosamente  la atención que ambas subrayen la figura de Aspasia,  su relación con Sócrates  y otros  hombres relevantes de la Grecia clásica, como Alcibíades,  Aristófanes y por supuesto, Pericles.  Lo llamativo de esta nueva visión de Aspasia   es que va mucho más allá de la de   una hetaira que  unía a su belleza física, ciertos encantos intelectuales como complemento o adorno  para el entretenimiento masculino.   Para Armand d`Argout, Aspasia es  la Diotima de “El Banquete” de Platón, una mujer importante en la formación filosófica  de Sócrates. Lo mismo que García-Valiño, el autor británico subraya la influencia de Aspasia en Pericles, el hecho de algunos discursos políticos de este los escribiera ella, que estaba formada  en la retórica. Por lo demás, cada vez es más evidente que la “La Lisístrata” de Aristófanes y su “Asamblea de mujeres” parecen deudoras de la figura de Aspasia y de su  ideas democráticas,  que al conservador  Aristófanes le debieron parecer extravagantes y chuscas.  Sin embargo, los razonamientos de “Lisistrata” no parecen una ocurrencia  ex nihilo  de Aristófanes, más bien el fruto de largas conversaciones con Aspasia, que no olvidemos, fue mujer de uno de los grandes defensores de la democracia ateniense y que la trató,  según todos los testimonios de la época, como a un igual, cosa que, por supuesto le valió muchas críticas.Hoy le hubieran llamado “calzonazos”.


Desde luego vivimos una época en que se intenta dar visibilidad a mujeres que quedaron en la oscuridad de la historia por los prejuicios e intereses de quienes la contaron. Está claro  que al desvelar su existencia se corre el riesgo de atribuirles unas ideas que no eran tanto suyas como nuestras. Sin embargo, ese es el riesgo que se corre con cualquier aspecto que se estudie del pasado: por otro lado, ese pasado no sería muy interesante si no siguiera interpelándonos en la actualidad. Todo el mundo sabe que “la democracia ateniense” no fue como nuestra democracia. Cualquiera ha de entender que “el feminismo de Aspasia” no es lo mismo que el feminismo de “Simone de Beauvoir”. Pero tan lícito es que nuestro presente busque sus  raíces en el mundo griego para su sistema político o para su arte, como que haya autores que indaguen en la figura de Aspasia como referente de las reivindicaciones de las mujeres. 


“Socrates enamorado”, por supuesto, es mucho más que la relación entre Aspasia y Sócrates.

Armand d`Angour quiere reconstruir las distintas etapas de la vida del filósofo, que no dejó nada escrito. Para ello recurre a toda la documentación del mundo griego y también del romano. Arremete contra la idea fija que tenemos hoy en día de Sócrates, empezando por su aspecto físico. No se entiende muy bien el afán de Armand d`Angour por demostrar que la imagen que nos ha llegado es la de un Sócrates feo  maduro o anciano, pero que en su juventud debió  de ser atractivo. Nos viene a decir  que de carecer de fotos de juventud de nuestros abuelos, pensaríamos que siempre fueron calvos, de mejillas caídas, de orejas grandes y de pelos en la nariz. Por lo demás, que algunos jovencitos y mujeres sintieron por él una fuerte atracción está documentado. He de confesar que no había visto hasta ahora tanto esfuerzo por demostrar que un hombre, además de inteligente, era atractivo. Es como la contramoneda de las mujeres que, siendo guapas tienen que demostrar que no  son tontas. 


También hace el autor un esfuerzo  por aclarar los orígenes sociales y la  formación de Sócrates. Bien es sabido que este filósofo no era santo devoción de Nietzsche. Lo que quizá no sepa tanta gente es  que el filósofo alemán argumentaba contra él por su fealdad y por sus orígenes humildes:


“Sócrates pertenecía, por su ascendencia, a lo más bajo del pueblo: Sócrates era plebe. Se sabe, incluso se ve todavía, qué feo era. Mas la fealdad, en sí una objeción, es casi entre los griegos casi una refutación. ¿Era Sócrates realmente griego? Con bastante frecuencia la fealdad es la expresión de una evolución cruzada, estorbada por el cruce. En ocasiones aparece como una evolución descendente. Los antropólogos entre los criminalistas dicen   que el criminal típico es feo…”  (Crepúsculo de los ídolos.1880)


Parece que Armand d`Argour quisiera defender a Sócrates de un ataque tan bajo de un filósofo al que se le han perdonado demasiadas ideas como las anteriores.  Empleará muchas líneas para convencernos de  que si el padre de Sócrate, Sofronisco, era un mampostero, no era un currela, sino el dueño de un taller. No era aristócrata, pero estaba emparentado con buenas familias; no era élite, pero estaba en contacto con ella. No se le ocurre al autor que precisamente la democracia ateniense, al hacer iguales a los ciudadanos varones, permitiera que el hijo de un mampostero al que le iban bien los negocios pudiera recibir una buena formación. Sócrates recibe la formación de un ciudadano con recursos económicos, aunque no fuera aristócrata: gimnasio, danza, música, lírica,  retórica, entrenamiento marcial. De hecho, tiene por maestro a uno de los discípulos de Anaxágoras, Arquelao; así mismo es hoplita, un ciudadano soldado que tiene que comprarse su propio equipamiento.  Por lo demás, es sabido que educó a muchos de los hijos de la aristocracia griega, a la élite.

En el mismo sentido, Armand d`Argour quiere evitar la visión de Sócrates contemplativo, ajeno al devenir de la polis. Cuenta con detalle algunas de las batallas en las que participó y su fama de soldado valiente,  su disciplina, de enorme resistencia física y mental.  Su pasado de soldado leal no pareció hacer ninguna mella en el tribunal de ciudadanos que lo condenó a muerte. 

Lo que sí es cierto es que no tuvo nunca aspiraciones políticas, al menos, directas: no aspiraba a cargos, tampoco a riquezas.  Armand d`Angour da por sentado que esa pobreza fue una elección del filósofo, en modo alguno algo obligado por su estatus social. De hecho, se podría haber enriquecido como sofista si lo hubiera querido, pero Sócrates despreciaba a quienes cobraban por sus enseñanzas.


De los amores de Sócrates, ocupa un lugar preferente el que sintió por el joven Alcibíades. Indudablemente eran relaciones entre un adulto y un joven cuyo eje no era la sexualidad, que estaba o podía estar incluida, sino la formación. Sería un error contemplar estas relaciones según nuestra visión contemporánea. Sin embargo, el amor que marcó su vida hacia la filosofía fue, según Armand d`Argour, el que sintió por Aspasia de Mileto.


La biografía escrita por Armand d`Angour se lee con interés. El propio autor se cuida una y otra vez de distinguir lo que está documentado, de lo que son interpretaciones, deducciones o simplemente imaginaciones. En todo caso, es un acercamiento interesantes a Sócrates  y a esa Grecia clásica que no deja de fascinarnos.





domingo, 2 de agosto de 2020

RONDA DE GUINARDÓ, DE JUAN MARSÉ


Juan Marsé acotó de manera precisa el espacio y el tiempo en su novela corta “Ronda de Guinardo”: la acción transcurre durante el 8 de mayo de 1945, día en que los periódicos informan que la Alemania nazi se ha rendido a los países aliados y que por tanto está cercano el final de la Segunda Guerra Mundial.  En España hace solo seis años que finalizó la Guerra Civil y el país vive los primeros años de la dictadura franquista, marcada por la miseria, la represión política, que en el caso de Cataluña se manifiesta también como represión lingüística.

Siguiendo las técnicas aprendidas en autores como Joyce, la novela es un deambular por la ciudad de dos personajes, un inspector de policía y una muchacha huérfana, Rosita, recogida en “La Casa de Familia”, regentada por la cuñada del primero. El inspector debe conducirla  al depósito de cadáveres del hospital  para que reconozca el cadáver del hombre que la violó dos años atrás Juntos recorren el distrito de El Guinardó. Rosita, a quien aterra semejante perspectiva, va a ir demorando con mil excusas el momento del reconocimiento del cadáver. En las numerosas paradas por locales, por bares, por los rincones de las calles, delante de verjas de casas… se suceden episodios de una sordidez cotidiana que nos van mostrando el ambiente miserable en que está sumido el pueblo, el miedo de la burguesía catalana y la represión implacable de la policía sobre la población. Rosita, una muchacha de 13  años, llevada a Cataluña después de haber perdido en Andalucía  a toda su familia durante la Guerra,  es el símbolo de todas las vejaciones y explotaciones: se ve obligada a realizar trabajos no retribuidos en diferentes chalés de la ciudad, tiene que contribuir a las cuentas del orfanato, es prostituida...El inspector, enfermo y envejecido, parece que está viviendo su último día de vida, su particular bajada a los infiernos. Le asaltan los recuerdos de sus pasadas atrocidades y repite algunos de sus gestos de abuso ya casi como un autómata. 

La  novela  se cierra en el depósito de cadáveres, donde el lector hace el último descubrimiento atroz.  En este final, como en toda la novela, Marsé consigue crear un clima deprimente no solo por lo que cuenta sino sobre todo por lo que sugiere.


sábado, 1 de agosto de 2020

MONTAIGNE, DE STEFAN ZWEIG

Stefan Zweig escribió magnificas biografías, la mejor, sin duda la de Fouché. Pero la más estremecedora es la dedicada a Montaigne. Para entender por qué hay que repasar un poquito de historia.

 Cuando Hitler llega al poder en 1933, los libros de Zweig son condenados y luego prohibidos. El fascismo también ganaba terreno en Austria y cuando la policía fue a registrar la casa de Zweig, este la abandonó para no volver jamás. Sin embargo, el Zweig exiliado  no se va a manifestar nunca públicamente  en contra del  nazismo ni en favor de los judíos perseguidos. Esta neutralidad será duramente atacada por intelectuales de la época como Hannah Arent.  Parece ser que su pretensión era seguir su vida sin interferencias en Londres. Aun así,  el sentimiento de que su mundo se había hundido para siempre y que la brutalidad de Hitler se extendería hasta América hizo que ni siquiera se sintiera seguro en Brasil, adonde se dirigió con su segunda esposa. Como es bien sabido, ambos se suicidaron en una habitación de hotel en la ciudad brasileña de Petróplis. En su carta de despedida decía a sus amigos:  "Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes de aquí".


La obra que tenía entre manos y que dejó inacabada era la biografía de Michel de Montaigne. Zweig nos dice desde el principio que había leído los "Ensayos" de este autor  en su juventud y que entonces solamente los apreció literariamente; en ese momento las ideas centrales del filósofo (la libertad de pensamiento, la tolerancia y su defensa del individuo frente al poder)  le parecían ya un hecho histórico, una conquista por  la que se le debía estar agradecido, pero que ya no constituían una  preocupación.


Zweig se rencuentra con Montagine cuando siente que está a punto de naufragar; necesita una voz amiga que lo guíe en la profunda depresión  en la que lo ha sumido el hundimiento de su mundo liberal europeo, cosmopolita, culto, libre. "Ese mundo de ayer" irrecuperable frente a un presente y un mundo de mañana que Zweig creo con horror será una extensión mundial de la barbarie nazi.  En esas circunstancias encuentra un paralelismo histórico entre Montaigne y él. También en Europa a una época de esplendor, de humanismo, de esperanzas ( el llamado Renacimiento) le había sucedido un tiempo oscuro de locura colectiva, de guerras despiadadas. Zweig quisiera adoptar la misma postura que Montaigne: un repliegue en el yo interior y una templanza inquebrantable ante un mundo exterior convulso contra el que nada puede hacer un hombre. Hubiera querido Zweig encontrar la ciudadela interior, la torre de Montaigne para poder estar a salvo de los demonios de la Historia. 


Zweig hace por tanto una lectura de los Ensayos muy apegada a sus necesidades psicológicas en esos meses que precedieron a su suicidio. Utilizará al filósofo para descargarse de culpa por su negativa a condenar públicamente el nazismo. Para él,  Montaigne no se dejó llevar por obligaciones impuestas desde fuera que atentaran contra su "esencia", y no obedecía siquiera a deberes autoimpuestos: si un placer se convertía en un deber,  había que abandonarlo. 


Que el mundo, que los demás le pesaban a Zweig en el ánimo se ve claro en la manera admirativa en que narra dos decisiones del filósofo francés : la primera, su apartamiento de la escena pública, política cuando tenía 38 años . Montaigne pasará diez años en su casa señorial y muchas horas en su torre. Su única misión leer y escribir,  observarse a sí mismo viviendo, saber de sí mismo, gozar de sí mismo.  Cuando esto no fue suficiente porque le agobiaba  la vida de familia y las cargas administrativas de su propiedad, decidió  irse de viaje, sin rumbo, sin plan, abierto a la variedad del mundo y de las situaciones de su trashumancia.   Zweig era también una gran viajero, pero no encontró en su deambular  tras 1934  ese sentimiento de libertad del que hablaba Montaigne. Ciertamente Montaigne no era un desterrado, diferencia psicológica fundamental con Zweig.


Montagine publicó sus Ensayos, pero no pensaba que  hubiera nada transferible  en ellos. Su vida era única y escribió para hacérsela consciente a sí mismo. Según él,  cada cual tenía  que hacer sus propia ciudadela interior. Está claro que el ejemplo de Montaigne no  le fue suficiente  a  Zweig para seguir viviendo y esperar con templanza "el amanecer de la larga noche"  de barbarie que  asolaba Europa en 1942.